Quince meses pasando vergüenza

Recuerdo esta frase:

—Tengo una amiga que hace seis meses que está yendo y no sabés cómo está —me dijo una de mis compañeras de trabajo.

Y yo, que ya hacía meses que buscaba gimnasio desesperadamente porque ya estaba podrida de correr, caminar, hacer aerobox, hacer aerolocal, hacer GAP, hacer ballet, hacer aparatos, hacer todo lo que se puede hacer para que el cuerpo sobreviva al paso del tiempo lo mejor posible, le contesté:

—Dale, vamos a probar ya.

Y así fuimos las dos a la clase de prueba. Intentando no darle mucha bola a todo este asunto de “es muy extremo”, “no van a poder”, “es de alto impacto”, “está de moda”, “no sé si es como para ustedes”, “el otro día se murió uno haciendo eso”.

Era sábado. Junio. Mediodía. Éramos pocos y todos —yo antes que cualquiera— con cierto aspecto de losers. Championes viejos, remera reventada. Y la primera clase de crossfit —esta rutina de ejercicios de la que me hubiese reído con fuerza si alguno de mis amigos me decía que hacía— fue un éxito. Las dos salimos, nos miramos y dijimos: “Ok. Vamos a anotarnos”. Y así lo hicimos.

Hoy ya llevo quince meses pasando vergüenza. Y hoy son mis amigos los que se me ríen en la cara cuando les digo que estoy haciendo esto. Yo soy la primera que me río cuando me miro de afuera en ese mar de gente que se toma este tema del crossfit demasiado en serio. Como no me puedo tomar en serio ni a mi misma, menos en serio me tomo a esta cuestión de ponerle nombre a los movimientos en inglés, a cierto tipo de pesas en inglés, a gritar de dolor cuando el ejercicio es demasiado, a comprar ropa especial para el asunto, a asimilar como normal que a los hombres le digan “máquina”.equipo de perdedores

Todo es tan ridículo que no puedo creer cómo hace más de un año que lo soporto. Pero lo hago. Y hay días que lo hago feliz. Porque lo único que quiero es pensar en repeticiones, en minutos, en más rápido, en dale, ya, ahora, vos podés. Porque, obvio, lo que no quiero es pensar. Y este asuntito del crossfit, en eso, es buenísimo. Así que hubo un momento en que dejé de ir las dos míseras veces por semana para ir tres. También hubo un día en que dejé de levantar la barra amateur de diez quilos para levantar la de quince y ponerle algunas pesas más. Hubo una vez que dejé de mentir en las repeticiones y terminé una ronda entera. Pero el día que me sentí ridícula, pero ridícula en serio fue cuando el profesor se aprendió mi nombre. Porque cuando se saben tu nombre es que ya vas lo suficiente como para que se acuerden de vos. Y yo que me creía que con llegar con la capucha y los auriculares; con negarme a interactuar y a hacer ese saludo ridículo previo al WOD (work of the day, en inglés, por supuesto); poner cara de perro; quejarme de la ridiculez de ciertas exigencias; y burlarme de los que van a las fiestitas para sociabilizar en Lotus alcanzaba para ser invisible, me di cuenta de que no. Estoy adentro. Soy una más. Soy una de esas boludas (o boludos, claro) que la gente mira cuando pasa por la calle y chusmea ese gimnasio todo vidriado que se parece más a una vidriera de Shopping que a un lugar para hacer ejercicio. Soy la que va con el pelo planchado y la musculosa escotada demás; el que se compró el último modelo de zapatillas, cuanto más flúor mejor; la que se queda tomando un café después de clase para no irse tan rápido a casa; el que aprovecha para leer el diario porque llegó media hora antes; el que compra las barritas de cereales a 30 pesos; la que tiene guantes para no reventarse las manos y las muñecas; el que lleva su propia cuerda, más finita y más liviana para poder saltar mejor; la que pregunta qué vas a hacer el fin de semana el viernes entre los hits de Rombai que te ponen para ambientar, como si eso fuera la previa al boliche; la que se anota chocha a los crossfit games un domingo de mañana; el que se hizo un tatuaje nuevo y lo quiere mostrar porque, vamos, no hace tanto calor como para que te saques la remera, pibe.

Y sí, los que venimos haciendo el ridículo desde hace tantos meses, tenemos un poco de cada uno de esos seres que van felices al gimnasio. Aunque yo siga yendo con la remera de los Rolling de la gira de fines de los ’90, aunque no quiera que me digan mi nombre, aunque me niegue a comprarme un par de championes nuevos, cuando me preguntan qué deporte hago, me pongo colorada, me río sola y contesto que voy a crossfit, pero solo porque durante 45 minutos, tres veces por semana, me hace no pensar.

de noche todos los gatos son pardos

hoy volví a la rambla. fue duro. hacía casi dos meses que no corría y a eso hay que sumarle que salí a correr a las 20.30; aún era de día.
de día todo se ve diferente: nuestras imperfecciones se notan más y las virtudes de los demás, también. así es que asumí mi color anaranjado con olor a hawaiian tropic trucho, producto del autobronceante que nos salva a todas aquellas que no veraneamos y además tenemos problema de piel, y le hice frente a los bronceados de la primera quincena. también me resigné a que mi tejido adiposo (diría una gran compañera de trabajo que comparte las penas de tener piernas poco favorables o favorecedoras) no estuviera en sus mejores condiciones producto de casi dos meses llenos de excesos y un triste enero en montevideo. y, que para colmo, se notara. se viera. casi casi que se palpara.
la cuestión es que las cenas con medio turrón de jijona de postre, las cervezas corona con limoncito, el fabuloso gin tonic que descubrí en una adorable terraza de palermo, las harinas en todas sus formas por un prolongado tiempo sin ganas de cocinar, los asados con abuso de achuras se hicieron sentir cuando las dos columnas que tengo por piernas no tuvieron más remedio que empezarse a mover. todavía era de día, pero si seguía caminando iba a llegar a las canteras del parque rodó caminando a un paso que poco iba a colaborar en mi enero inactivo.
incluso a las 20.45 todo se sigue viendo diferente que a las 21.45 y todo se ve demasiado claro (cuando cae la noche yo, personalmente, no veo nada y me creo que a todo el mundo le pasa lo mismo). se ve la felicidad; los músculos tonificados; los lomitos que ya vienen así de fábrica y que, como si no fuera suficiente, igual se ejercitan; se ven las parejas que salen juntas, siempre a caminar o en su defecto a andar en bici, son pocos los que se animan a correr en pareja (obvio, nosotras siempre corremos más despacio); se ve alguna que otra celebridad en plan persona común de short y championes; se ve que el flúo también es tendencia en las casas de deportes; se ve quiénes son los que corren de verdad y los que, como yo, hacemos el ridículo; se ve quien tiene onda porque hasta para salir a correr o a caminar le pone cierto touch a su ropa; se ven los que no tienen más remedio, a los que les dio el colesterol alto, a los que dejaron de fumar, a los que solo corren para olvidar, para evadirse, para no pensar; se ven los jueguitos de ana en todo su esplendor, hasta con colas de gente esperando para hacer uso del gimnasio gratis y al aire libre que la imm nos regala; se ve, en el fondo, que ahí en la rambla los que intentamos hacer ejercicio somos bastante parecidos. aunque estemos solos o de a dos o en grupo vamos concentrados y nos miramos, sin mirarnos (hoy me crucé con dos compañeras de trabajo totalmente metidas en lo que estaban haciendo: una corriendo y la otra charlando meta gestualizar). a veces también nos medimos, para ver quién corre más, mejor, más rápido. y hasta nos comparamos: más celulitis, mejor cola, una cara increíble, cómo corre la yegua, se tomó todo el sol y no se da cuenta de que ya no se usa el negro carbón, se compró los reebok reezig pensando que le iban a hacer efecto, si nazco de nuevo quiero ser como vos… y cosas así.
está bueno volver. aunque solo corrí 4.5 en un recorrido de ocho km. lamentable

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