diciembre

a mí, siempre, me pasa todo en diciembre. 

cumplo años. 

me acuerdo de que estoy vieja. de todo lo que hice. de todo lo que no hice. de las veces que lloré. de los años en que estuve feliz. de cómo me imaginaba que iba a ser. de lo que soñaba y de lo que después me di cuenta de que no debía soñar más. de las planificaciones para irnos el 2 de enero a rocha. de los bolsos con latas de atún, arroz, mayonesa y papel higiénico. de los bikinis para estrenar. de las ganas de no volver nunca más. de la llegada a la adultez. el trabajo y el fin de las vacaciones en enero. de que ahora hay que pedir licencia. se delira con un salario vacacional sin descuentos y se vuelve rápidamente a la realidad. de que el sol me hace mal. de que tengo que usar bloqueador cada vez que salgo de casa. de que todo bien con la serotonina, pero capaz podría venir en comprimidos.

mi cuerpo no se adapta al calor. estoy verde o gris (ya no sé qué es peor). fofa. gorda. con la piel seca. hormonal. adulta. impresentable. ya no puedo usar más shorts. entones me desquito comprándole a una amiga diminuta un short de regalo de cumpleaños. quiero ser diminuta y usar shorts con tacos. no puedo. me contento con una bermuda casi que de anciana. 

mi cabeza no razona igual. me duele. pide que se termine el año. no entiende que el capricho del calendario a mí no me significa nada. que el 31 se va a terminar el 2013 y el 1º va a empezar el 2014 y yo voy a estar sentada en el mismo lugar, frente a la misma computadora que anda pésimo, bajándome del mismo 121 en la misma esquina de colonia y paraguay y comiendo en la misma mesa donde alguien estuvo antes y dejó migas, un vaso con un resto de fanta naranja y un limón ya sin jugo. 

a todo el mundo se le ocurre festejar. salir. brindar. decirte lo que te quiere. lo valioso que sos. lo bueno que es tenerte cerca. despedir el año contigo. estar pum para arriba. y de paso comer y tomar como si el mundo se acabar el 31 de diciembre y como si de verdad no se necesitara llegar a fin de mes. porque, claro, en diciembre llega el aguinaldo. entonces hay plata para seguir. 

y yo no quiero que sea diciembre. porque diciembre me hace mal. a pesar del calor. del olor a jazmines. de la llegada de mi hermano, de volver a ser cinco en la casa de mis padres, de olvidar por unos días de que el tiempo pasó. de los regalos de cumpleaños. de los “te quiero mucho”. de las compras en amazon y de la felicidad de que llegue el paquete de maimi box. de los fuegos artificiales en las noches de calor. del primer contacto de los pies con el agua. de las tardes hasta las 8.30 de la noche. de los encuentros inesperados. del turrón de jijona, del arrollado de palmitos y del melón con jamón. de las ganas de juntarnos todos los días. de los besos y abrazos que no nos damos en el resto del año. 

diciembre es un mes difícil. me lo hizo notar una amiga a la que conozco hace mucho, quiero tanto y veo poco. un día me dijo: “vos y diciembre”. y ahí entendí. a mí, siempre, todo me pasó en diciembre. por eso el miedo. el mal humor. el dolor de cabeza. las ganas de que pase, de que termine, de que se vaya, cuanto antes y que duela lo menos posible. por lo menos este año, por favor, este año no. 

a veces, cuando veo que el mundo se alegra con la llegada del último mes del año, yo preferiría que a mí me pasara inadvertido, como me pasan mayo, agosto o noviembre. pero no. él me torea. no sea cosa de que me olvide que existe. 

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