a menos de 20 días de cumplir 32 o cómo la heladera habla de la edad

no se cómo hubiese sido mi heladera si hubiera sido una joven precoz. estos es: irme de la casa de mis padres a los veintires, veinticuatro, veinticinco. creo que no fui precoz en nada, mucho menos en mi independencia.

imagino de esas heladeras que son un páramo. una coca (durante años tomé coca común, después me uní a las masas y seguí con la light, ahora no tomo ni bebidas con gas), alguna leche descremada por vencer, pan de molde, mermelada, huevos salvadores, queso para rallar, el típico limón reseco y poco más. imagino la tapa de la heladera llena de imanes de deliveries: pizza, empanadas, pizza, empanadas, el almacén de la esquina, alguna rotisería a la que nunca recurría, uno de esos bares 24 horas que te traen algún wiskacho para sacarte de un apuro.

veo la heladera que hoy comparton con el chico que vive conmigo y no lo puedo creer. me da hasta orgullo. habla un poco de él, pero la verdad es que habla mucho más de mí.

me fui de casa tarde, muy tarde. a los 29. no sabía cocinar, no sabía limpiar, no sabía cuánto salía un litro de leche, la diferencia de precios entre la tienda inglesa y la feria, no sabía de jamones, ni de quesos, ni de semillas, ni de harinas integrales, ni de cif, mr. músculo o ayudín.

hoy sigo sin saber demasiado, pero alguna cosa aprendí, alguna cosa cambió.

1. adentro de la heladera hay mostaza de dijón, jengibre, dos quilos de naranjas, zucchini, zanahorias, un melón entero, duraznos, huevos que voy a usar dentro de cinco minutos junto con el jamón y los tomates perita. hay queso parmesano y cuartirolo crudo. hay dulce de guayaba, mermelada, manteca y pan multiceral. un ron a medio terminar y un gin en el cti. sí, también a veces hay refrescos, de esos que no tienen gas porque a él le hacen mal y creo que maduró (o se sentía demasiado mal después de tomarse un litro de refreso con gas) entonces fue por la mejor opción. dejé de comprar fruta, verdura y quesos en el supermercado y me pasé a la feria. cada vez que vuelvo con la bolsa de los mandados repleta, no sé por qué, me siento mejor persona. no sé si es porque sé lo que ahorro, porque dejé de usar bolsas de plástico o porque me empecé a parecer cada vez más a mi madre y, tal vez, no esté tan mal.

IMG_20131204_222739

2. afuera, en la puerta del freezer, hay un buen resumen de mi vida de los últimos años. hace un tiempo leí una nota genial en la revista peruana “etiqueta negra” sobre cómo las puertas de las heladeras son bloc de notas, agenda, diario íntimo. está mi vida, un poco la de él y otro poco la de mis amigas y amigos. ahí están cada uno de mis sobrinos representados en recuerdos de babyshowers, cumpleaños de un año y bautismos. ellas procrearon, yo engordé. están los imanes que me demuestran que alguna vez viajé. que estuve en nueva york el 9.11.11. que conocí el moma y el met. que estuve en stratford upon avon hace menos de seis meses. los que me dicen que él también viajó. un listado de teléfonos de emergencia, que son los de mi grupo de amigas del seminario, que me dio una de ellas cuando estaba triste y débil. una serie de palabras en francés que elegí cuando nos mudamos e inauguramos la heladera. a veces las leo, me doy cuenta de que ahora sé cómo hay que limpiar el horno (y el sufrimiento que significa), sé hacer pasculina, sé que antes de lavar la ropa hay que mirar el pronóstico del tiempo. y también sé que sigo queriendo lo mismo. esas palabras puestas al azar pero que dicen lo que quiero y necesito. siempre: emoción, reencontrarse, entender, luz, ideas, generosidad, viajar, ficción, música, cine, revista, bruselas, francia, atenas, nueva york, marrakesh, san petesburgo, río, américa latina, 24 horas.

el otro día terminé de leer el libro de emanuel carrere “de vidas ajenas”. tuve que fotocopiar las últimas cuatro páginas para no olvidarme de lo que el tipo escribe. una de esas cosas es que la felicidad es retrospectiva.

por suerte tengo la puerta del freezer para recordar cada vez que me olvido.

* para ti.

de cómo el instagram me arruinó la vida

en mi momento de mayor novelería con la red social donde todos somos bellos y tenemos vidas fascinantes me dediqué a agregar a cuanta celebrity se me cruzaba por el camino. porque lo maravilloso de instagram es que muchos actores, cantantes, modelos, diseñadores, directores de cine y bla bla bla tienen su propia cuenta; detrás de ellas no hay un community manager que elige qué poner y qué no.

así que dentro de las 293 personas a las que sigo tengo a ashton kutcher, mila kunis, bárbara lombardo (obvio que también sigo a personajes de la farándula argentina, si vamos a cholulear hagámoslo bien), kirsten dunst, dakota y elle fanning, stefano gabbana, ririhanna, mick jagger, james franco, carine roitfled, karolina kurkova, victoria beckham, nicole richie, cecilia roth, miroslava duma, karlie kloss, dree hemingway, natalia vodianova, rita ora, cara delevigne, liv tyler, celeste cid y unos cuantos más.

si yo con mi rutina de ida a trabajar en 121, oficina en mercedes y rondeau, almuerzo del emporio de los sandwiches, barra de cereales de media tarde comprada en el frigo, gimnasio de barrio con cuota de 550 pesos y cena de calabacín relleno con partido de fútbol de la b de argentina de fondo puedo lograr postear imágenes bellas… solo piensen lo que son las fotos de la modelo rusa de novia con el heredero del conglomerado de lujo LVMH natalia vodianova.

y tanta buena vida, tantos cuerpitos sin photoshop, tanto viaje por el mundo, tanta ropa de diseñador, tanta fiesta, tanto ego bien ganado te van comiendo el cerebro.

por eso me niego a seguir a giselle bundchen. es demasiado flagelo. y, a veces, tanta perfección te da ganas de pegarle una piña. ahí la vez con la familia adorable de vacaciones en playa paradisíaca y dejando mensaje del tipo: “wishing you all much love!”. ta, giselle, no seas peleadora, a mí no me vengas con que te levantás y tenés aliento sin olor. prefiero mirarle la vida a lena dunham con ojeras, cero maquillaje y con dos pastillas en la lengua. el mensaje de la foto: i’ll never teeelll. tengo una amiga que me dice que lo de lena es demasiado. la verdad es que prefiero creerle a su vida de antiheroína que-me-importa-que-el-mundo-entero-me-conozca-el-culo-con-celulitis que creerle a las otras bobetas que se le pasan haciendo trompita a la cámara y humillandonos a las gordas tercermundistas con sus abdominales que me gritan: “mientras vos estás haciendo la pascualina yo estoy acá trabajando el cuerpo”.

igual, para ser sincera, no hay nada más divertido que esa cosa morbosa y voyeur de mirar las vidas que nunca vas a tener. aunque pensándolo bien más divertido aún es irte un fin de semana a marindia y subir una foto con un filtro que lo hace parecer a la costa italiana. y gozar con cada uno de los likes que te ponen #enquemomentonosvolvimostanpateticos?

 

no me vengan

dos aclaraciones previas:

* ya sé que en el mundo las mujeres juegan al fútbol, que hay campeonatos, que el fútbol femenino es un deporte olímpico y bla bla bla.

* me divierte jugar al fútbol.

dicho esto prosigo.

resulta que en montevideo ahora las mujeres juegan al fútbol.

llaman a reservar canchas de fútbol cinco, tienen un torneo que se llama montevideo girls cup, se compran championes especiales, se mandan a hacer remeras, entrenan en la rambla, tienen grupos de whatsapp dedicados a eso, fanpages en facebook y, por supuesto, novios que son los DT (porque, claro, la DT nunca va a ser una mujer).

de repente salís a caminar/correr/tomarmate/comerpapaschips por la rambla y te encontrás casi casi la misma cantidad de hombres que de mujeres corriendo atrás de una pelota. no sé si es el efecto tabárez y el orgullo celeste o qué, pero ahora las mujeres, además de hablar de fútbol, mirar fútbol, juegan fútbol. y por momentos me pregunto: ¿no será un poquito mucho? en la oficina tenemos tres que tienen su cuadro de fútbol y ahora resulta que, en vez de hablar de retención de líquidios, períodos atrasados, 25% menos de banco itaú, cepillo de dientes en la casa del novio, me hago o no la tinta, hablamos de cómo tirar al arco, cómo pararse frente a la pelota o cómo marcar al rival.

no sé qué nos pasó…. chicas: los pibes juegan dos tiempos de 45 minutos. ustedes juegan dos de 20.

por supuesto que detrás de todo este agote que me generan las nenas jugadoras de fútbol viene algún tipo de trauma mal curado de la infiancia. jamás fui deportista. jugué un mes y medio al hockey con un palo de los ’70 y prestado. siempre odié ir a gimnasia. en el manchado me comía todos los pelotazos en la cara. nunca me elegían en el pan y queso a la hora de formar equipos. cuando era adolescente me mandaban al club banco república a hacer natación y casi que me ahogaba del sufrimiento que me generaba tener que nadar una pileta. jugando al hanball me esguincé el dedo gordo no sé cuántas veces y esto segura de que tengo un desgarro en la pierna mal curado. en el único deporte que recuerdo (no sé si es real o me lo inventé) haber sido medianamente buena fue en el atletismo. y me duró poco. después las piernas se me ensancharon y perdí velocidad.

me aburren las deportistas. en el fondo debe de ser porque me dan envidia. porque nunca fui una de ellas. y porque ahora, aunque vaya a jugar al fútbol cada vez que me inviten, sigo siendo el mismo perro con la pelota. lo intento, juro que lo hago, pero no puedo. las veo a ellas correr más de diez centímetros con la pelota atada a los pies y no lo puedo creer. yo, con mucha suerte, soy capaz de meterle una patada bien bruta a la que se me viene arriba.

mis marcas

la veo. cada vez que me desvisto. cada vez que me baño. está ahí desde hace no sé cuánto. lo que sí sé es que no siempre estuvo.

hubo un tiempo en que mi panza era chata y no tenía pliegues. heredé de alguien, supongo que de mi madre, unos buenos abdominales. y aunque mi desempeño en los gimansios siempre fue bastante mediocre (hasta que cumplí 30, he ahí la razón de este blog) mi zona abdominal era —debo reconocer que lo sigue siendo— uno de esos pocos orgullos corporales.

mi panza sigue siendo bastante chata o eso es lo que me hacen creer. pero resulta que los rollos y sus marcas empezaron a aparecer sin que pudiera hacer mucho al respecto. tengo cinco marcas. sí, cinco. hay cuatro a las que les tengo cierto cariño. no me molestan. las banco. hasta me causan gracia. pero hay una que odio. uno que va más allá de esos pliegues que vienen con el sentarse mal, con los pliegues obvios que tiene que tener una barriga normal (normal para una mujer que no trabaja con su cuerpo y que, con mucha, suerte se ejercita tres horas semanales y sube y baja cinco pisos por escalera, creyendo que eso va a ayudar).

ese quinto pliegue —ese que miro, inspecciono y hasta mimo como suplicándole que desaparezca— es un signo del paso del tiempo. una advertencia clara que me dice: “nena, ¿qué te pensás? ¿que años y años de darle sin pudor al chocolate, los bizcochos, el pan con manteca van a seguir yendo directo a las piernas, a la cola y a las caderas? no, nena. ahora va todo para todos lados. a tu barriguita también. la genética es buena, pero no tanto”.

por suerte existe lena dunham y su serie “girls” (por favor que llegue la tercera temporada, YA!). que nos ha mejorado la autoestima a millones de mujeres. y sí, entiendo que le gusta provocar. y sí, entiendo que tanta neurosis no es apta para cualquiera diría una gran amiga. pero qué bien hace verla con esos shorcitos filmada de atrás con su celulitis, sus rollos, sus brazos impresentables. durante mi verano de altas dosis de “girls”, gin tonics y chocolate de emergencia, no podía parar de pensar: por una televisión con más lenas dunhams y menos silvinas lunas, jesicas cirios y todas esas tilingas con cuerpos de un millón de dólares.

(momento de confesión: tal vez, si tuviera un millón de dólares extras o un poco menos, yo también lo invertiría en mi cuerpo)

no es fácil

crecer. madurar. entender. escuchar. esperar. callar. dar. pedir. perdonar. olvidar. creer. amar. perdurar. 

he aquí un lista de verbos que dicen poco (o tal vez demasiado), pero que en este año tan místico (o por la simbología del 13 o porque parece ser el año de la serpiente para el horóscopo chino) han cobrado una relevancia más que trascendente para mí. 

de verdad admiro a quienes ejecutarlos, sentirlos, vivirlos les resulta sencillo o no tan complejo. 

elogio de los diez quilos de más

ella llegó. vino con su clásico taconéo, simpático, no muy sexy. estaba distinta. igual de nerviosa, pero mucho más despreocupada. su cara ya no estaba tan chupada como la habíamos visto la última vez. ahora sus pómulos no estaban tan marcados, su piel no se notaba tan tirante. un año le fue suficiente para dejarse llevar y engordar lo que el cuerpo le pedía. en su tamaño pequeñísimo no fue mucho, solo diez quilos. diez quilos que los lleva de maravilla y se enorgullece de ellos. 

saca de su cartera un paquete de galletitas, dos paquetes de galletitas, una tableta de chocolate, dos tabletas de chocolates. se jacta de haber conocido los mejores snacks de ese país lejando en el cual vivío durante doce meses. no sé si son los mejores, pero sin duda son geniales. devoro sin pudor todas las calorías que una inesperada tarde de marzo me permite. no soy la única. por suerte, en la oficina, cuando hablamos de comer, todas nos entendemos bien. 

mientras, ella nos explica que, en ese país lejano, la obsesión por la flacura que tenemos en el maldito río de la plata no existe. una vez me lo habia dicho: “no sabés cómo les gustan las caderas latinas acá”. allá las mujeres son altas y grandes. todo indica que su belleza no radica en humillar con una colaless al saltar las olas en la playa (ahí no hay photoshop que valga) y que su felicidad pasa por reírse de la balanza. nadie dice que no sean saludables, que se regodeen en el sedentarismo o que vivan comiendo junk food. no, no es así. ella, recién llegada de un país que se podría parecer bastante al nuestro, con sus diez quilos de más y su sonrisa luminosa, me mostró sin hablar demasadio que, a veces, hay que ver las cosas con perspectiva para volver a ser feliz. y que si en ese camino se engordan unos quilos… mejor!

la ida al gimnasio como evento social (o una buena razón para no volver jamás)

es cierto. siempre tendí a ser sedentaria, pero como tengo una madre que jamás lo fue, tengo la sensación de que toda la vida fui al gimnasio o al club (lo cual es muuuuucho peor y mi experiencia fue tan decadente que jamás lo volvía a intentar).

la cuestión es que el asuntito del gimnasio como lugar social me da mucha pereza, aunque entiendo que para muchos lo es. en mí caso que, cada vez que voy, me siento el ser más infeliz de la tierra y, por lo tanto, no hay chances de que tenga ganas de cambiar ni media palabra con nadie. ¿cómo alguien en su sano juicio puede contar algo de su vida cuando se está por desmayar, tiene la cara inflamada y roja como un tomate y, como si esto no fuera suficiente, es incapaz de seguir una coreografia con gracia? reconozco que hay mujeres afortunadas que lucen espléndidas en el gimnasio. no transpiran. no se les eriza el pelo (hasta he convivido con algunas que pueden hacer una clase de box sin que se les inmute el brushing), tienen las mejores pilchas y para colmo de males tienen gracia y todo en su lugar. y no, no son solo las que todavía hablan de parciales o peor aún de escritos. hay mujeres que fueron diagramadas para hacer ejercicio y claramente se burlan del resto de nosotras, las que nacimos para hacer un esfuerzo demencial para levantar nuestras piernas que pesan 20 quilos cada una.

por eso hablo poco, no genero vínculos afectivos con el profesor o profesora de turno (ni que hablar que no los agrego al facebook ni los sigo en twitter), trato de reírme lo menos posible y, por supuesto, ni se me ocurre pisar la fiestita de fin de año, ni ningún tipo de evento que implique festejar algo que se relacione al gimnasio o a sus habitués. antes me muero. lo más inadvertida que pase, mejor.

hay veces que resulta difícil, porque los grupos son chicos y es imposible pasar por un ser anónimo. ahi uno da su apellido, fecha de nacimiento, lugar de trabajo, horario laboral, estado civil, expectativas de vida, actividades en el tiempo libre y hasta puede llegar a compartir ideas políticas, religiosas y hasta filosóficas. un espanto.

pesa a que hace unos años que no voy a un gimnasio mixto, más me llama la atención la capacidad que tienen los hombres de hacer sociales entre los fierros. de ahí que en vez de ir una hora por día van dos o llegan a tres. la mitad del tiempo se la pasan conversando. miran los resúmenes de los goles en las pantallas que, obviamente, siempre están prendidas en espn, fox o aledaños. se dan para adelante: “dale, uno más, vos podés”. se miran ejercitar, a veces con fascinación, porque claramente ellos también se comparan. el hombre en el gimnasio es un bicho muy raro. o, tal vez, allí se vuelva más parecido a la mujer. o, tal vez, también sea ese su lugar de hacer sociales con una mujer. el otro día me contaron que la táctica de levante en el gimnasio mixto es preguntar: ¿y, ya tenés rutina? que nunca te pase.

en conclusión: a minutos de que llegue marzo, estoy evaluando nuevamente si tengo ganas de volver a ser invisible en un mundo en el cual todas comparten sus vidas, se saludan con un beso y se pasan recetas de cocina (light, obvio). o si mejor, sigo saliendo a correr con mi paso tétrico, pero con mi ipod que me dice solo lo que yo quiero escuchar y no espera que le conteste.