textuales

Es martes. Es media tarde. Estoy en Las Heras y Agüero. Dejo pasar un taxi. Dejo pasar el siguiente. Dejo pasar el que viene más atrás.

Soy uruguaya y los taxistas porteños me dan miedo. Por eso tengo una serie de recaudos que tomo antes de subir.

Todos al pedo. Nunca funcionan.

-Vamos a Buquebus, por favor.

Estoy convencida de que sueno porteña.

-¿Vas a Uruguay?

-Soy de Uruguay.

No sé mentir.

-Ah, sos uruguaya. ¿Viniste a pasear?

-No, vengo a hacer un curso todos los martes.

Mi nariz es grande, pero no sé mentir.

-Entonces vos y yo podemos hacer negocios.

-¿Qué?

-Para ustedes los uruguayos Buenos Aires está barato, ¿verdad?

-Sí.

-La ropa está barata.

-Un poco.

-Yo conozco algunos lugares donde la podés conseguir todavía más barata. Tan barata que la podés vender en Uruguay y así te costeas el curso.

-Ya no se puede hacer más eso. Me frenan en la Aduana.

-Pero escuchame, nena, comprás diez remeras M y dos pares de zapatillas de tu talle y no te pueden decir nada. Las metés en ese bolsito que llevás ahí, son para uso personal. En Uruguay se las vendés a tus amigas, cada remera a diez dólares. Después venís y yo te hago un buen cambio y salimos ganando los dos. No es contrabando: te estás costeando los estudios.

-No creo.

-Nena, yo hice eso durante años en Paraguay. Me iba a Ciudad del Este Y compraba Rolex, Rolex paraguayo. Después los vendía acá. Pero buena máquina, ¿eh? Yo tengo uno desde hace tres años y recién se me rompió. Traía vestidos tipo sari para mujeres, todos bordados. Los vendía a diez dólares. Imaginate comprar un vestido de fiesta a diez dólares. Pero no era de contrabandista, ¿eh? A mí me gusta viajar y así me podía pagar los pasajes. Contrabandista no. Preso ni loco.

-Claro. Contrabandear es otra cosa.

Todavía falta para llegar. Cerrito está atascada. El taxista toca bocina. Baja el vidrio, saca medio cuerpo por la ventana y le grita a un camionero. Vuelve a su posición de conductor. Me mira por el espejo retrovisor.

-Bueno, yo te tiré una idea, ¿hacemos negocio?

No le contesto. Levanto las cejas y me muerdo el labio y hago cálculos: con este tránsito y esta distancia me pregunto cuánto –cuántas palabras, cuántos minutos- me queda para salir de acá.

 

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