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Ya sabía quién era ella. La había visto sacando fotos en un casamiento. Estaba vestida de blanco, como la novia, pero con jeans y remera. Su opción iba en contra de todas las reglas del fotógrafo uruguayo de la vieja escuela: cuanto más inadvertido se pase, mejor.

Pero la primera vez que entendí por qué Magela Ferrero es querida hasta por el más ególatra y envidioso de los artistas, fue cuando di con un programa de cable donde hablaba de su trabajo como reportera gráfica. “¿Por qué motivo tenemos que morirnos cuando la vida nos da tanto trabajo? Entender quiénes somos nos da mucho trabajo, encontrar quién nos quiera nos da mucho trabajo, querer a las personas nos da mucho trabajo. Y que todo eso dure setenta, ochenta años de promedio, es muy angustiante para mí” decía con voz suave y mirando poco a la cámara.

Años más tarde la conocí. Recién llegaba de la Bienal de Venecia, donde había ido a representar a Uruguay. Se escondía debajo de un gorro de lana y detrás de una taza de café con leche en el bar del piso superior de Puro Verso, una de las librerías más lindas de la ciudad de Montevideo. Leía un libro de poemas. El mismo que lee cada vez que va a ese espacio. Como si fuera un ritual del que no puede escapar.

La descubrí flaquísima, con ojos tristes, pero con esa ternura que, un día, había traspasado la pantalla del televisor. Venía de una mudanza posterior a una separación. Me lo contó sin pudor, sin necesidad de esconder nada. Tal vez allí radique parte de la belleza de su fotografía.

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