beatrice

En la esquina de Convención y Uruguay, Beatriz se detuvo. Miró hacia la izquierda, vio que venía un auto a lo lejos, se acomodó la cartera y cruzó. Así lo hacía cada vez que iba a visitar a sus tías que, en ese entonces, vivían en el centro de Montevideo. Hacía calor. Llevaba puesto un vestido rojo con estampado de flores y en los pies, sandalias. Era un día cualquiera de un diciembre cualquiera. Hasta que dejó de serlo.

Beatriz llegó a sentir el ruido de un freno que no fue apretado a tiempo y a escuchar la rompiente de la chapa reventada. Después llegó el silencio. El 13 de diciembre de 1994 dos autos chocaron en la esquina de Convención y Uruguay, y Beatriz, que ya estaba arriba de la vereda —vereda: ese lugar donde todos creemos estar a salvo— fue arrollada por uno de los autos. Beatriz —43 años, casada, madre de tres hijos— fue arrastrada hasta la persiana cerrada de un comercio. El auto le destruyó la pierna izquierda. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el suelo, desparramada, con más de una decena de personas que la miraban con morbo. Una mujer le alcanzó sus sandalias y su cartera. Beatriz, lúcida, con memoria y demasiado dolor, le dio una dirección para que llevara sus cosas.

— Ahí viven mis tías —dijo.

La señora obedeció. Eran unos pocos metros. Tocó el timbre. Esther abrió la puerta y vio a una mujer desconocida con un par de sandalias y una cartera, que reconoció, en las manos. La imagen era la de alguien que iba a dejar una ofrenda.

—   Su sobrina Beatriz le manda esto.

—   ¿Dónde está?

—   Tuvo un accidente. En la esquina. Ya vino la ambulancia.

***

En el barrio montevideano de Pocitos, en el piso dos de un edificio soleado, sonó el teléfono.

—   Hola —atendió Bernardo.

El hombre tenía 41 años, era casado, era padre de tres hijos. Al otro lado de la línea escuchó la voz de Gabriela, su cuñada.

—   ¿Qué le pasó a Beatriz? —dijo Gabriela. Un segundo más tarde se dio cuenta de que Bernardo no sabía nada.

—   ¿Cómo qué le pasó?

—   Tuvo un accidente. Está en el hospital.

Bernardo —papá— cortó el teléfono. Yo tenía trece años. Me faltaban diez días para cumplir catorce. Lo único que recuerdo de ese 13 de diciembre de 1994 es el blanco de la sala de espera, el olor a éter, la cara lívida de mi padrino. Creo haber visto a mi madre pasar en una camilla. Aunque a veces pienso que lo soñé.

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