una banda, un disco, un chico*

Él nunca lo va a saber. Nunca va a saber que el primer disco compacto que llegó a la casa de mis padres fue el “Big Ones”. Ni que hasta el día de hoy son muy pocas las canciones que puedo cantar de principio a fin sin equivocarme. Todas son de ese disco. Y, por supuesto, no va a tener ni idea de que mi fanatismo por Aerosmith tiene una única explicación: él también era fan.

La historia es simple: amor adolescente. Ella lo ve en los recreos. De lejos, siempre de lejos. Le conoce la voz, los gestos, la manera de caminar, el pelo lacio y castaño que le cae sobre los ojos. No hay posibilidad de diálogo. Jamás lo hubo. Pero si Montevideo es chico, un liceo de Pocitos (de menos de 40 personas por generación) es más pequeño aún. Y ahí todo se sabía y se sabía que a él le encantaba Aerosmith. Y ella creyó, ingenua, que esa era la única manera que tenía de acercarse a él.

No hubo forma.

Yo, lentes muy poco agraciados, aparatos fijos y grupo de amigas no demasiado popular, decidí que sería más fácil seguir cultivando mi gusto por Aerosmith que continuar insistiendo en un amor imaginario. Así me pasé los fines de semana de mi adolescencia noventera gastando los mismos tracks del “Big Ones”; todas baladitas con gusto a chicle de frutilla y sobre historias de corazones rotos, vínculos obsesivos y tragedias imposibles de olvidar. Primero iba la canción número cuatro: “What it Takes”; después venía “Cryin”, la siete; seguía la ocho “Amazing” y el momento cumbre era cuando llegaba el track 12: “Crazy”. La fórmula era infalible. Steven Tyler, cantante, compositor, carisma magnético, empezaba diciendo: “Come here, baby”. Y después de eso no se necesitaba más. Pero había más. Eran los inicios de los video clips y MTV y la banda potenció el temazo con un clip que marcó a toda una generación. Vestidas de colegialas, las bombonas Alicia Silverstone y Liv Tyler (hija de Steven) —una rubia y otra morocha, para hacer honor al lugar común más viejo de la historia— se rateaban del colegio en un descapotable negro y ratoneaban al público masculino con una serie de escenas lésbicas. Claro que para las chicas también había: rubio, torso desnudo, jeans gastados y con bandana en la mano maneja un tractor al lado de la carretera. Las colegialas pasan por al lado y lo invitan a subir. Escena final: los tres bañándose en un laguito. Todo con la voz de Tyler de fondo cantando: “I´m losin my mind, girl cause I´m going crazy. Crazy, crazy, crazy, for you baby”.

No sé cómo fueron las adolescencias que vinieron después, pero en los 90 soñábamos mucho. Y yo soñaba con ver a Aerosmith en vivo. Pero a fines del siglo XX la banda de Boston que vendía y vendía discos, que llenaba estadios y que facturaba millones no iba a venir al sur. Pasaron los años; llegó el siglo XXI; dejé mi adolescencia; Tyler abandonó una serie de giras, entró en rehabilitación; Aerosmith siguió sin su líder; salieron noticias de “se busca cantante”; Tyler se convirtió en jurado de “American Idol”; hubo peleas de egos y peleas de golpes, también. Como suele suceder la historia tuvo su final feliz. Hubo disco nuevo, gira nueva y para felicidad de los fanáticos uruguayos llegó la noticia de que venían a Montevideo.

El jueves 9 la banda se subió al escenario que daba a la tribuna Olímpica del Estadio Centenario. El setlist fue una batería de hits sin descanso. Veinte mil personas lo vieron. Tal vez entre ellas estaba él que, por supuesto, nunca sabrá que yo también fui.

Habían pasado muy pocos minutos de las nueve de la noche. El presidente de la República José Mujica y su mujer Lucía Topolansky ya se habían instalado en sus asientos en primera fila. Él con campera azul, jeans y mate convidado por uno de los seguridad. Ella chaqueta oscura, camisa blanca y sonrisa permanente. Hay que recordar que un día antes toda la banda estuvo en la Torre Ejecutiva y el Pepe se ligó una invitación personalizada y, además, una Gibson Les Paul Custom del guitarrista Joe Perry.

Y como si fuera un rockstar, antes de que empezara el concierto, Mujica fue ovacionado, dio besos a todos los que se lo pidieron y hasta la nena más linda de la platea se sacó una foto con la pareja; claro que no la pudo subir instantáneamente a su Instagram porque la red estuvo caída durante buena parte de la noche. Después de toda esa parafernalia llegaron las verdaderas luces de colores. Tres camionetas doradas y un auto negro de alta gama  anunciaron que faltaban minutos para que el show empezara. Tyler salió de blanco: blazer, jean y sombrero de ala ancha. Su partner in crime, compañero creativo y eterno rival Joe Perry fue por el negro. Mucho antes de que el mundo hablara del boho chic, del hippie chic y todos los chics que se pusieron de moda, los Aerosmith ya tenían ese look incorporado. Y jamás se movieron de allí. La pañoleta colgada en la base del micrófono de Tyler, los pelos largos, las cadenas, los anillos y el animal print no faltan y no fallan.

El show empezó y las cámaras de fotos de los celulares explotaron. Ya no hay más encendedores, hoy hay flashes o pantallas de alta definición. Hay coros, mujeres desesperadas, torsos desnudos, pañuelos voladores, pero todo, absolutamente todo se ve a través de un smartphone que filma y saca fotos de calidad increíble. La música también se volvió 3.0. Por supuesto que la efusividad siempre es a la manera uruguaya. Relajo, pero con orden. Pogo tranquilo. Canciones que se conocen poco. Los fanáticos de Aerosmith no son los de ACDC, por supuesto. Y aunque la banda yankee es una de las grandes referencias musicales de los que nacimos en los ‘80, el público era muy heterogéneo. Había una importante cantidad de treintañeros (algunos de traje, recién salidos del trabajo), pero también habían espectadores de 20, 40, 50 y hasta 60 años. Y personajes como Rubén Sosa, el prosecretaro de la Presidencia Diego Cánepa (que llegó para el bis y para escoltar a Mujica y a su señora en la salida), Fernando Tetes, Rufo Martínez, Carlos Dopíco, Katja Thomsen y Pablo Fabregat. Algunos más divertidos que otros.

La elección de las canciones, como siempre, es un tema en sí mismo y todo el mundo tiene algo que decir. Que si tocaron tal y no tal otra. Que hubo muchas baladas. Que todos eran los hits comerciales. Era la primera vez en Uruguay, no iban a tocar rarezas. Y, para decir verdad, fue un setlist que no debería admitir demasiadas quejas. Aunque no me hubiera molestado que aparecieran “What it Takes” y “Blind Man”, dos de mis temas favoritos.  Pero hubo clásicos de clásicos como “Crazy”, “Cryin”, “Love in an Elevator”, “Living on the Edge” (dedicado a Mujica), “Dude (Looks Like a Lady)”; temas más recientes como “Jaded” y “Pink”; canciones de película como “I Don`t Wanna Miss a Thing”; el brutal cover de Los Beatles “Come Together”; una “Dream On” con Tyler solo al piano; y un perfecto final con “Sweet Emotion”, papelitos del colores y las primeras gotas de una noche lluviosa.

Fue un viaje de ida y vuelta a los ‘90. Ya no sé qué es de su vida. Si le sigue gustando Aerosmith. Si se casó o tiene hijos. Lo que sí sé es que al disco “Big Ones” se le sumaron muchos más; ya no están en la casa de mis padres. Me los llevé conmigo cuando me mudé. De tanto en tanto los saco, los limpio un poco, cierro los ojos y sueños con mis años adolescentes. La noche del jueves 9 fue eso. Solo que con Aerosmith en vivo y al lado.

*Esta nota fue publicada en la revista galería el jueves 17 de octubre

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