this is vejez

hay un temita que redunda en las charlas con mis girlfriends y es el siguiente:

¿cómo no dar lástima en el casamiento  que se nos avecina en pocas semanas y que, además, su protagonista es una de nuestras grandes amigas? o sea, somos nueve y ella es una de las nueve. no es cualquiera. no ese casamiento al cual vas a comer bocaditos a lo bobo, te ponés lo que tenés ganás, no vas a la peluquería, bailás si la música está buena y te vas cuando te aburriste. es EL casamiento. ¿se entiende la diferencia?  ese en el que tenés que agitar, levantar a la novia, estar a la altura de los amigos del novio (que por desgracia son dos años menores que nosotras), tomar sin hacer papelones y una lista muy extensa de etcétera etcétera. A eso hay que sumarle que hay que encontrar un vestido (nuestra querida amiga diseñadora ahora es madre y solo se dedica a hacer vestidos de novia y con mucha suerte de madrinas), un vestido que no sea cualquiera, un vestido que no se repita, un vestido que sea y parezca especial. porque la novia se lo merece, eso y mucho más. que estemos bien peinadas, maquilladas y flacas, obvio.

todas somos capaces de cumplir lo enumerado previamente, el temita es que tenemos 31, cuatro hijos (tal vez cinco en ese momento), una panza con un botija adentro y tan solo dos cuerpitos que no han atravesado aún por la maternidad. una es quien escribe, por supuesto. la otra vive en el sultanato de omán y su relación con el nuevo jefe es tan tirante que hasta último momento no sabemos si va a poder venir o no. conclusión: el equipo está vaqueteado, pero como diría una de nosotras “todavía podemos agacharnos” (que no se entienda mal, por favor).

toda esta tertulia viene de hace días cuando nos encontramos todas en el casamiento de un amigo y el grupo de amigas de la novia era, claramente, más joven que nosotras y, por supuesto, estaba en mejor estado físico. con mis amigas mirábamos atónitas como se tiraban al piso para hacer uno de los pasitos no tan conocidos del “gangnam style”, intentábamos copiarles cierto pase de baile donde parece que la clave es sacar la cola para afuera y envidiamos con ganas la capacidad de no cansarse, de saltar sin sentir las pantorrillas, de saberse cada una de las canciones que obviamente conocen de bolichear los fines de semana.

es cierto. los 30 son duros. nos damos cuenta de que estamos viejas, de que ya no rendimos en la pista como antes, de que nos esforzamos, pero sabemos que a los 20 no necesitábamos hacerlo porque nos salía naturalmente. lo bueno es que puedo decir con propiedad que cada una de mis amigas (con o sin hijos) está más linda a los 30 que a los 20. las que son madres han logrado, a pesar del cansancio obvio, estar espléndidas. las otras han dado con el corte de pelo, con la ropa, con el hombre y con el lugar en el mundo que las hace brillar más.

de todos modos el 16 de marzo nos vamos a encontrar en la pista y va a ser ahí cuando vamos a ver si realmente los 30 nos han hecho más patéticas o seguimos siendo las mismas.

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