Esto es solo una anécdota mejorada

Tengo trece años, aparatos fijos, lentes culo de botella, piernas que se parecen mucho a dos macetas, una serie de granos que despiertan mi parte masoquista y que se convierten en cráteres que ni con tres capas de base puedo esconder, una mezcla perfecta entre las dos narices —prominentes— de mis padres, los ojos demasiado juntos, la boca demasiado chica. Tengo trece años y con este panorama las posibilidades de que algún sujeto del sexo masculino repare en mí son escasas, para ser generosa. Pero no me interesa cualquier sujeto, me interesa uno solo.

El pibe se llama Martín y va conmigo al colegio; es un año más grande, tiene el pelo lacio y castaño, camina chueco, se ríe mucho y, por supuesto, no sabe que existo. Pero yo, en cada uno de los recreos, lo miro fijo, embelezada, y repito en silencio “miramemiramemiramemirame”. Pero nada. Él nada.

Martín tiene un hermano menor que se llama Federico y que sí me habla. Es amigo del hermano de mi amiga Paula y varias veces hemos coincidido en actividades de fin de semana. Así que decido que a través de él voy a lograr un acercamiento con Martín. Busco el apellido de los hermanos Reyes en la guía. Montevideo es chico y además ya sé dónde viven. Disco, suena, me atiende una señora y pido por Federico.

Durante un año mi manera de llegar a Martín es esta: con Federico hablamos del colegio, de las materias, de las maestras, de los deportes. Y, después, cuando creo que soy menos obvia le pregunto por su hermano. No me cuenta mucho, pero yo insisto. Y así me entero que Martín es fanático de Aerosmith.

*

En segundo de liceo tenemos una materia que se llama “Taller de expresión”. La materia incluye, entre otras cosas, hacer un diario trimestral. Con mis dos mejores amigas nos ponemos al frente de las sección musical y la idea principal es transcribir las letras de nuestras canciones. Es el año 1993. Internet se conecta por cable, no existe Google, Youtube todavía no fue inventado.

—Por favor “Crazy”, por favor. Me encanta esa canción. Tiene que estar. — les digo.

—Bueno, pero tenés que conseguir un disco que tenga la letra. Sacar palabra por palabra es un huevo.

Ok. Lo puedo hacer. Y además va a ser una de las pocas chances que voy a tener de que Martín sepa que existo, me mire, me hable y, si tengo mucha mucha suerte, me toque.

Lo llamo a Federico, le pido que le diga al hermano que lleve el disco Get a Grip. Que yo copio la canción y se lo devuelvo en seguida. Con Federico no compartimos recreos, así que la excusa es perfecta. Me dice que sí, que todo bien.

Llego al colegio al día siguiente. Creo que no dormí. Mis dos mejores amigas saben cómo estoy y me miran con cara de bodrio. No puedo más de la ansiedad. ¿En qué materia estoy? ¿Química? ¿Literatura? ¿Física? Suena el timbre para bajar al primer recreo. Lo veo en el patio, no tiene nada en la mano.

—Dale, nena. Andá a pedírselo.

—No me animo, boluda. Te juro que no puedo.Aerosmith-Get_A_Grip-CD

Se termina el recreo. Fallé en el primer intento. Volvemos al salón de clase. Ahora mis amigas me miran con cara de “sos una gila”. Otra vez materias en las que no me puede concentrar y el tiempo que no pasa. El timbre suena de nuevo. Cientos de uniformes azules y grises bajan corriendo la escalera. De nuevo él a lo lejos. Y yo petrificada mirándolo. Juro que no me puedo mover. Mi cerebro manda la orden pero el cuerpo no la recibe. Y de repente las veo a las dos. Mis mejores amigas, esas que hace un año saben que me muero con este pibe, que esta es mi oportunidad. Mis dos mejores amigas, cual mosquitas muertas, van, lo encaran, le dicen algo que no puedo escuchar, él les contesta. Hacen ciertos gestos y desaparecen los tres juntos. Vuelvo a clase sola, chupando bronca, con las medias bajas, arrastrando los zapatos. Me siento en el banco y las veo venir como si llegaran de hacer un trámite. Sin cara de culpa. Sin cara de nada.

—Tomá— me dice una y me da el Get a Grip.

Si hubo un momento en que entendí por primera vez que, a veces, no hay finales felices fue ese.

(Este texto lo escribí en el segundo semestre de 2014 para un taller de anécdotas que vino a dar Hernán Casciari a Montevideo. Yo, en ese entonces, era un fantasma. Esta debe de ser una de las pocas cosas coherentes que escribí en esos meses. Tal vez por eso le tengo tanto cariño).

Quince meses pasando vergüenza

Recuerdo esta frase:

—Tengo una amiga que hace seis meses que está yendo y no sabés cómo está —me dijo una de mis compañeras de trabajo.

Y yo, que ya hacía meses que buscaba gimnasio desesperadamente porque ya estaba podrida de correr, caminar, hacer aerobox, hacer aerolocal, hacer GAP, hacer ballet, hacer aparatos, hacer todo lo que se puede hacer para que el cuerpo sobreviva al paso del tiempo lo mejor posible, le contesté:

—Dale, vamos a probar ya.

Y así fuimos las dos a la clase de prueba. Intentando no darle mucha bola a todo este asunto de “es muy extremo”, “no van a poder”, “es de alto impacto”, “está de moda”, “no sé si es como para ustedes”, “el otro día se murió uno haciendo eso”.

Era sábado. Junio. Mediodía. Éramos pocos y todos —yo antes que cualquiera— con cierto aspecto de losers. Championes viejos, remera reventada. Y la primera clase de crossfit —esta rutina de ejercicios de la que me hubiese reído con fuerza si alguno de mis amigos me decía que hacía— fue un éxito. Las dos salimos, nos miramos y dijimos: “Ok. Vamos a anotarnos”. Y así lo hicimos.

Hoy ya llevo quince meses pasando vergüenza. Y hoy son mis amigos los que se me ríen en la cara cuando les digo que estoy haciendo esto. Yo soy la primera que me río cuando me miro de afuera en ese mar de gente que se toma este tema del crossfit demasiado en serio. Como no me puedo tomar en serio ni a mi misma, menos en serio me tomo a esta cuestión de ponerle nombre a los movimientos en inglés, a cierto tipo de pesas en inglés, a gritar de dolor cuando el ejercicio es demasiado, a comprar ropa especial para el asunto, a asimilar como normal que a los hombres le digan “máquina”.equipo de perdedores

Todo es tan ridículo que no puedo creer cómo hace más de un año que lo soporto. Pero lo hago. Y hay días que lo hago feliz. Porque lo único que quiero es pensar en repeticiones, en minutos, en más rápido, en dale, ya, ahora, vos podés. Porque, obvio, lo que no quiero es pensar. Y este asuntito del crossfit, en eso, es buenísimo. Así que hubo un momento en que dejé de ir las dos míseras veces por semana para ir tres. También hubo un día en que dejé de levantar la barra amateur de diez quilos para levantar la de quince y ponerle algunas pesas más. Hubo una vez que dejé de mentir en las repeticiones y terminé una ronda entera. Pero el día que me sentí ridícula, pero ridícula en serio fue cuando el profesor se aprendió mi nombre. Porque cuando se saben tu nombre es que ya vas lo suficiente como para que se acuerden de vos. Y yo que me creía que con llegar con la capucha y los auriculares; con negarme a interactuar y a hacer ese saludo ridículo previo al WOD (work of the day, en inglés, por supuesto); poner cara de perro; quejarme de la ridiculez de ciertas exigencias; y burlarme de los que van a las fiestitas para sociabilizar en Lotus alcanzaba para ser invisible, me di cuenta de que no. Estoy adentro. Soy una más. Soy una de esas boludas (o boludos, claro) que la gente mira cuando pasa por la calle y chusmea ese gimnasio todo vidriado que se parece más a una vidriera de Shopping que a un lugar para hacer ejercicio. Soy la que va con el pelo planchado y la musculosa escotada demás; el que se compró el último modelo de zapatillas, cuanto más flúor mejor; la que se queda tomando un café después de clase para no irse tan rápido a casa; el que aprovecha para leer el diario porque llegó media hora antes; el que compra las barritas de cereales a 30 pesos; la que tiene guantes para no reventarse las manos y las muñecas; el que lleva su propia cuerda, más finita y más liviana para poder saltar mejor; la que pregunta qué vas a hacer el fin de semana el viernes entre los hits de Rombai que te ponen para ambientar, como si eso fuera la previa al boliche; la que se anota chocha a los crossfit games un domingo de mañana; el que se hizo un tatuaje nuevo y lo quiere mostrar porque, vamos, no hace tanto calor como para que te saques la remera, pibe.

Y sí, los que venimos haciendo el ridículo desde hace tantos meses, tenemos un poco de cada uno de esos seres que van felices al gimnasio. Aunque yo siga yendo con la remera de los Rolling de la gira de fines de los ’90, aunque no quiera que me digan mi nombre, aunque me niegue a comprarme un par de championes nuevos, cuando me preguntan qué deporte hago, me pongo colorada, me río sola y contesto que voy a crossfit, pero solo porque durante 45 minutos, tres veces por semana, me hace no pensar.

los veranos en la era pre smartphones

(quiero creer que hay vida más allá de los videos que andan dando vueltas por grupos de whatsapp)

alguna vez tuve decisiete. veinte. veintidos. 

alguna vez me fui de vacaciones con mis amigas en enero. 

alguna vez creí que nos hacíamos las locas. 

alguna vez —en los primeros años del 2000— ser locas era: volvernos nueve en un auto desde el boliche a la casa que alquilábamos; ir a la playa sin dormir y cuando el alcohol seguía en el cuerpo; darle tu teléfono (de línea) a un chico que recién habías conocido; ponerle un balde a una amiga para que no vomitara en el piso y así no tener que limpiar después; comer baurú con coca cola común a las ocho de la mañana; jugar al yo nunca sabiendo que no teníamos nada para ocultar. 

ahora, diez años después, me doy cuenta de que faltaba un largo trecho para que llegaran las locas de verdad.

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para las mujeres que nacimos a principios de los 80, fuimos adolescentes en los 90 y la pasamos bomba cuando empezó el siglo nuevo, irse de vacaciones (en ese tiempo el balneario más de moda era la paloma) era hacer todo lo que no hacíamos en montevideo. tener diez días de independencia. alquilar una casa para cuatro, cinco o seis por el gallito luis. juntarnos a llamar y preguntar cuánto cobraban por día. tomarnos el 522 para ir a pagar la seña a sayago. ver las fotos del lugar en papel. tomarse el bondi en tres curces. caminar desde la terminal con el huevito para escuchar música y los bolsos llenos de papel higiénico, latas y artículos de limpieza. creernos grandes. comer arroz con atún y tomate casi todos los días. limpiar el baño como el evento poco agradable de la estadía. esconder dos mil pesos en la caja de tampones. aprender a usar tampones. ir al antel de la calle principal y llamar a casa desde un teléfono público. aplaudir al atardecer. usar los primeros lentes de sol. tomar vodka con pomelo. escuchar el “hasta luego” de los rodríguez, morir con “no era cierto” de no te va gustar y tener el momento romántico con shakira de pelo negro y diez quilos más en ¿dónde están los ladrones? sacar fotos con cámaras de rollo. saltearse la playa de la mañana sin culpa. pelearse para ver quién subía a la casa a preparar el mate y traía las galletitas. fumar cigarrillos nevada. mirarse en el reflejo del vidrio porque el espejo entero no existía. juntarse con los amigos borrachos para salir todos juntos. que siempre hubiera uno pasado de alcohol que se tuviera que quedar. tomarnos un bondi con una cerveza de litro. correr para llegar antes de la 1.30 al curte y así entrar gratis y tener un trago de arriba. pasarse toda la noche hablando con el pibe que te gustaba. quedar de encontrarte al día siguiente. pedir por favor que vaya al día siguiente. y suplicar para que te llamara al volver a montevideo. no querer volver a montevideo. salvo por esa llamada y por las fotos que había que llevar a revelar. escuchar a silvio rodríguez en el walkman en el viaje de vuelta. mirar las estrellas y pensar qué bajón.    

en esos años, cuando no habíamos llegado a los veinte o recién los habíamos pasado, sabíamos que darte el primer beso a los decisiete, dieciocho, diecinieve  —para muchas— era tarde, pero nos sentíamos orgullosas. y vale la aclaración: tengo amigas muy lindas. yo bajo el promedio.

a veces me pregunto cómo hubiéramos sido si hubiéramos nacido quince años más tarde. cómo hubieran sido nuestros veranos con smartphones, selfies, facebook, levante por tinder y todo demasiado resuelto. quiero creer que hubiéramos sido iguales, pero con más chiches. quiero creer que nos seguiríamos sintiendo orgullosas de cómo éramos y las decisiones que tomábamos. pero más allá de eso, quiero creer que no hay mujer (¿sos mujer a los dieciocho?) en su sano jucio que se sienta orgullosa de que una buena cantidad de hombres de un espectro bastante importante de edad tengan su video en el celular.  

no me vengan

dos aclaraciones previas:

* ya sé que en el mundo las mujeres juegan al fútbol, que hay campeonatos, que el fútbol femenino es un deporte olímpico y bla bla bla.

* me divierte jugar al fútbol.

dicho esto prosigo.

resulta que en montevideo ahora las mujeres juegan al fútbol.

llaman a reservar canchas de fútbol cinco, tienen un torneo que se llama montevideo girls cup, se compran championes especiales, se mandan a hacer remeras, entrenan en la rambla, tienen grupos de whatsapp dedicados a eso, fanpages en facebook y, por supuesto, novios que son los DT (porque, claro, la DT nunca va a ser una mujer).

de repente salís a caminar/correr/tomarmate/comerpapaschips por la rambla y te encontrás casi casi la misma cantidad de hombres que de mujeres corriendo atrás de una pelota. no sé si es el efecto tabárez y el orgullo celeste o qué, pero ahora las mujeres, además de hablar de fútbol, mirar fútbol, juegan fútbol. y por momentos me pregunto: ¿no será un poquito mucho? en la oficina tenemos tres que tienen su cuadro de fútbol y ahora resulta que, en vez de hablar de retención de líquidios, períodos atrasados, 25% menos de banco itaú, cepillo de dientes en la casa del novio, me hago o no la tinta, hablamos de cómo tirar al arco, cómo pararse frente a la pelota o cómo marcar al rival.

no sé qué nos pasó…. chicas: los pibes juegan dos tiempos de 45 minutos. ustedes juegan dos de 20.

por supuesto que detrás de todo este agote que me generan las nenas jugadoras de fútbol viene algún tipo de trauma mal curado de la infiancia. jamás fui deportista. jugué un mes y medio al hockey con un palo de los ’70 y prestado. siempre odié ir a gimnasia. en el manchado me comía todos los pelotazos en la cara. nunca me elegían en el pan y queso a la hora de formar equipos. cuando era adolescente me mandaban al club banco república a hacer natación y casi que me ahogaba del sufrimiento que me generaba tener que nadar una pileta. jugando al hanball me esguincé el dedo gordo no sé cuántas veces y esto segura de que tengo un desgarro en la pierna mal curado. en el único deporte que recuerdo (no sé si es real o me lo inventé) haber sido medianamente buena fue en el atletismo. y me duró poco. después las piernas se me ensancharon y perdí velocidad.

me aburren las deportistas. en el fondo debe de ser porque me dan envidia. porque nunca fui una de ellas. y porque ahora, aunque vaya a jugar al fútbol cada vez que me inviten, sigo siendo el mismo perro con la pelota. lo intento, juro que lo hago, pero no puedo. las veo a ellas correr más de diez centímetros con la pelota atada a los pies y no lo puedo creer. yo, con mucha suerte, soy capaz de meterle una patada bien bruta a la que se me viene arriba.