El dolor a los cinco*

Tenia las paletas separadas. Con una encía rosada y jugosa que se comía parte de mi sonrisa. Mi madre, no sé cómo, no sé por qué, decidió que eso no estaba bien. Que pese a que mis dientes eran de leche, las paletas, las reinas de mi dentadura, tenían que estar juntas, perfectas, dignas de una nena rubia y de ojos verdes como yo. Así que un día me subió al asiento de atrás de su Fiat 1 rojo y manejó hasta llegar a una calle que estaba al lado de una plaza. Bajamos y caminamos hasta un edificio con un palier marrón y con olor a comida. Nos subimos a un ascensor y terminamos en un piso igual de marrón y con el mismo olor a comida. Un señor abrió la puerta. Tenía lentes, poco pelo, una túnica blanca hasta las rodillas. Tengo la idea de que mi madre

me entregó. Sin mucho preámbulo, con pocas explicaciones. Y yo terminé sentada en un sillón que me quedaba grande, con un espejo que me miraba desde arriba y un montón de elementos largos y finitos —tan brillantes como la plata— sobre una mesa con rueditas. Esa tarde, en el centro de Montevideo, con las manos de un señor que jamás me habló y que lo más amable que hizo por mí fue tirarme un jugo áspero en la boca para anestesiarme la boca, entendí, por primera vez, lo que significaba el dolor. Y, esa tarde, despedí a mi frenillo —caprichoso, fuera de la media— y pasé a ser una nena del montón, una que no llamaba la atención.

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Con Berni en algún punto de los ’80

*Texto escrito en el marco del taller de Manuel Soriano.

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A veces la vida es esto

Me fui doce días de vacaciones a argentina. Esto es: desayuno con medialunas, jugo de naranja, café con leche, tostadas, manteca, mermelada, jamón, queso. A veces doble, él.casi no desayuna. Las vacaciones también son para probar los plátos típicos. En Salta y Jujuy esto es: empanadas, empanadas, carne de llama, locro, papas, mucha papa, quinoa, empanadas, queso de cabra, empanadas, dulce de cayote. En mis vacaciones

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desayuno, almuerzo, ceno, me como todos loa panes de la panera y todo el aderezo, pido postre y me tomo algún que otro alcohol (por suerte el vino no es mi fuerte). Todo sin culpa porque para sentirme culpable ya tengo todo el año. Además como este fue un viaje onda aventura, en la altura, co3n mucha subida de montaña, menos culpa y más goce en las comidas.
Claro, después pasas (acá es cuando empiezo a verme en tercera persona) un toque por Buenos Aires, te cruzás a las porteñas, mirás a Agustina Cherri o a Araceli González en las series nuevas de Polka y te acordás. Vas a las tiendas con vendedoras que destilan onda y horas de personal y te acordás. Te vas a probar unas botas de pendeja, al lado tenés una pendeja de verdad que le pide a su padre que la espere, que no se puede decidir, que con ese lomo yo tampoco me decidiría. Y de nuevo te acordás.
Volvés a Montevideo. Te acordás que no cenás. Que tenés que mover todo lo que se te mueve. Te acordás que no querés, que te da pereza, que ahora hace frío, que está ideal para comer guiso y el cuerpo se tapa.
Igual te mandás la sopa de noche, comprás las mandarinas, la berenjena, el zapallo. Y al tercer día como la peor alumna de la clase te acordás del huevo de pascua que sobró, agarrás el pote de dulce de leche que es de él y tenés prohibído tocar y mezclás todo como si tuvieras diez. Al final corrés desesperada a lavarte los dientes. Capaz que así se te pasa porque si hay algo que no conocés es la sensación de empalague. Nunca nada es demasiado dulce. Nunca un dulce es demasiado.  Te lavás los dientes con fuerza, capaz que así, también escupís la culpa.

feliz día, ladies

es sábado. 8 de marzo, dicen desde hace más de un siglo que, hoy, es el día de la mujer. son las 15.10. entro a un local de una de esas cadenas de depilación. me recibe débora bello en un afiche. escultural y con un cavado perfecto. ni un poro a la vista. adentro, además del olor fuerte y dulce de la cera que funciona mejor que cualquier desodorante de ambiente, hay dos mujeres que esperan. ambas leen revistas. una de ellas tiene sobre su falda un fajo de seis. voracidad editorial o la espera viene siendo muy larga. hace frío, el aire acondicionado es viejo, todo es de un blanco medio dudoso. de fondo bonnie tyler canta “i need a hero”. la locutora de fm lee un mensaje. la mujer que escribe pide que el día de la mujer sea feriado. sigue la música. siguen las cantantes mujeres. saco un libro, me siento fuera de tono y hasta ridícula. voy al revistero, tampoco me voy a hacer la cosa. todas las revistas están sin la tapa. no se necesita mucho para darse cuenta de que son caras, gente, pronto, paparazzi y, con mucha suerte, alguna hola. como no tengo referencia de tiempo ni de contenido, agarro la más gorda. paso páginas y páginas de publicidad y me encuentro con el casamiento de araceli. se ve que no actualizan mucho el material de lectura. ¿hace cuánto que se casó araceli?

de una de las cabinas de depilación sale una chica: pelo corto, jeans, converse, cartera de michael kors, cara de pocos amigos. le dicen cuánto es. paga, recibe su vuelto y se va. en el otro lugar al que voy siempre las chicas salen felices, saludan con un beso a la depiladora, le dicen gracias fulanita y le dejan propina. propina que puede llegar a ser de más de cincuenta pesos (¿está mal no querer dejar propina?). me preocupo. capaz la cadena de depilación no fue una buena elección. sigo esperando. sale otra. trenza, jeans, crocs. me resulta fascinante las mujeres que pueden ir a la depiladora de jeans. yo voy con lo peor que tengo, con el pelo sucio y con el ánimo alterado porque sé que voy a sufrir. así que siempre pido por favor que no me encuentre con nadie conocido. las mujeres que van de jeans no tienen ese problema. las mujeres que van de jeans no vienen de almorzar en lo de sus padres 500 gramos de bife angosto bien jugoso.

las mujeres que leían las revistas entran, cada una, a un cubículo. una de ellas saluda a la depiladora en cuestión con efusividad. tal vez la experiencia no sea tan mala. dos más tocan el timbre. hay una que se va a hacer los pies y las manos. un sábado. pies y manos. andá a dormir la siesta, es lo único que puedo pensar.

—la próxima para depilarse

—yo

—¿qué te vas a hacer? 

feliz día, ladies. 

diciembre

a mí, siempre, me pasa todo en diciembre. 

cumplo años. 

me acuerdo de que estoy vieja. de todo lo que hice. de todo lo que no hice. de las veces que lloré. de los años en que estuve feliz. de cómo me imaginaba que iba a ser. de lo que soñaba y de lo que después me di cuenta de que no debía soñar más. de las planificaciones para irnos el 2 de enero a rocha. de los bolsos con latas de atún, arroz, mayonesa y papel higiénico. de los bikinis para estrenar. de las ganas de no volver nunca más. de la llegada a la adultez. el trabajo y el fin de las vacaciones en enero. de que ahora hay que pedir licencia. se delira con un salario vacacional sin descuentos y se vuelve rápidamente a la realidad. de que el sol me hace mal. de que tengo que usar bloqueador cada vez que salgo de casa. de que todo bien con la serotonina, pero capaz podría venir en comprimidos.

mi cuerpo no se adapta al calor. estoy verde o gris (ya no sé qué es peor). fofa. gorda. con la piel seca. hormonal. adulta. impresentable. ya no puedo usar más shorts. entones me desquito comprándole a una amiga diminuta un short de regalo de cumpleaños. quiero ser diminuta y usar shorts con tacos. no puedo. me contento con una bermuda casi que de anciana. 

mi cabeza no razona igual. me duele. pide que se termine el año. no entiende que el capricho del calendario a mí no me significa nada. que el 31 se va a terminar el 2013 y el 1º va a empezar el 2014 y yo voy a estar sentada en el mismo lugar, frente a la misma computadora que anda pésimo, bajándome del mismo 121 en la misma esquina de colonia y paraguay y comiendo en la misma mesa donde alguien estuvo antes y dejó migas, un vaso con un resto de fanta naranja y un limón ya sin jugo. 

a todo el mundo se le ocurre festejar. salir. brindar. decirte lo que te quiere. lo valioso que sos. lo bueno que es tenerte cerca. despedir el año contigo. estar pum para arriba. y de paso comer y tomar como si el mundo se acabar el 31 de diciembre y como si de verdad no se necesitara llegar a fin de mes. porque, claro, en diciembre llega el aguinaldo. entonces hay plata para seguir. 

y yo no quiero que sea diciembre. porque diciembre me hace mal. a pesar del calor. del olor a jazmines. de la llegada de mi hermano, de volver a ser cinco en la casa de mis padres, de olvidar por unos días de que el tiempo pasó. de los regalos de cumpleaños. de los “te quiero mucho”. de las compras en amazon y de la felicidad de que llegue el paquete de maimi box. de los fuegos artificiales en las noches de calor. del primer contacto de los pies con el agua. de las tardes hasta las 8.30 de la noche. de los encuentros inesperados. del turrón de jijona, del arrollado de palmitos y del melón con jamón. de las ganas de juntarnos todos los días. de los besos y abrazos que no nos damos en el resto del año. 

diciembre es un mes difícil. me lo hizo notar una amiga a la que conozco hace mucho, quiero tanto y veo poco. un día me dijo: “vos y diciembre”. y ahí entendí. a mí, siempre, todo me pasó en diciembre. por eso el miedo. el mal humor. el dolor de cabeza. las ganas de que pase, de que termine, de que se vaya, cuanto antes y que duela lo menos posible. por lo menos este año, por favor, este año no. 

a veces, cuando veo que el mundo se alegra con la llegada del último mes del año, yo preferiría que a mí me pasara inadvertido, como me pasan mayo, agosto o noviembre. pero no. él me torea. no sea cosa de que me olvide que existe. 

a menos de 20 días de cumplir 32 o cómo la heladera habla de la edad

no se cómo hubiese sido mi heladera si hubiera sido una joven precoz. estos es: irme de la casa de mis padres a los veintires, veinticuatro, veinticinco. creo que no fui precoz en nada, mucho menos en mi independencia.

imagino de esas heladeras que son un páramo. una coca (durante años tomé coca común, después me uní a las masas y seguí con la light, ahora no tomo ni bebidas con gas), alguna leche descremada por vencer, pan de molde, mermelada, huevos salvadores, queso para rallar, el típico limón reseco y poco más. imagino la tapa de la heladera llena de imanes de deliveries: pizza, empanadas, pizza, empanadas, el almacén de la esquina, alguna rotisería a la que nunca recurría, uno de esos bares 24 horas que te traen algún wiskacho para sacarte de un apuro.

veo la heladera que hoy comparton con el chico que vive conmigo y no lo puedo creer. me da hasta orgullo. habla un poco de él, pero la verdad es que habla mucho más de mí.

me fui de casa tarde, muy tarde. a los 29. no sabía cocinar, no sabía limpiar, no sabía cuánto salía un litro de leche, la diferencia de precios entre la tienda inglesa y la feria, no sabía de jamones, ni de quesos, ni de semillas, ni de harinas integrales, ni de cif, mr. músculo o ayudín.

hoy sigo sin saber demasiado, pero alguna cosa aprendí, alguna cosa cambió.

1. adentro de la heladera hay mostaza de dijón, jengibre, dos quilos de naranjas, zucchini, zanahorias, un melón entero, duraznos, huevos que voy a usar dentro de cinco minutos junto con el jamón y los tomates perita. hay queso parmesano y cuartirolo crudo. hay dulce de guayaba, mermelada, manteca y pan multiceral. un ron a medio terminar y un gin en el cti. sí, también a veces hay refrescos, de esos que no tienen gas porque a él le hacen mal y creo que maduró (o se sentía demasiado mal después de tomarse un litro de refreso con gas) entonces fue por la mejor opción. dejé de comprar fruta, verdura y quesos en el supermercado y me pasé a la feria. cada vez que vuelvo con la bolsa de los mandados repleta, no sé por qué, me siento mejor persona. no sé si es porque sé lo que ahorro, porque dejé de usar bolsas de plástico o porque me empecé a parecer cada vez más a mi madre y, tal vez, no esté tan mal.

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2. afuera, en la puerta del freezer, hay un buen resumen de mi vida de los últimos años. hace un tiempo leí una nota genial en la revista peruana “etiqueta negra” sobre cómo las puertas de las heladeras son bloc de notas, agenda, diario íntimo. está mi vida, un poco la de él y otro poco la de mis amigas y amigos. ahí están cada uno de mis sobrinos representados en recuerdos de babyshowers, cumpleaños de un año y bautismos. ellas procrearon, yo engordé. están los imanes que me demuestran que alguna vez viajé. que estuve en nueva york el 9.11.11. que conocí el moma y el met. que estuve en stratford upon avon hace menos de seis meses. los que me dicen que él también viajó. un listado de teléfonos de emergencia, que son los de mi grupo de amigas del seminario, que me dio una de ellas cuando estaba triste y débil. una serie de palabras en francés que elegí cuando nos mudamos e inauguramos la heladera. a veces las leo, me doy cuenta de que ahora sé cómo hay que limpiar el horno (y el sufrimiento que significa), sé hacer pasculina, sé que antes de lavar la ropa hay que mirar el pronóstico del tiempo. y también sé que sigo queriendo lo mismo. esas palabras puestas al azar pero que dicen lo que quiero y necesito. siempre: emoción, reencontrarse, entender, luz, ideas, generosidad, viajar, ficción, música, cine, revista, bruselas, francia, atenas, nueva york, marrakesh, san petesburgo, río, américa latina, 24 horas.

el otro día terminé de leer el libro de emanuel carrere “de vidas ajenas”. tuve que fotocopiar las últimas cuatro páginas para no olvidarme de lo que el tipo escribe. una de esas cosas es que la felicidad es retrospectiva.

por suerte tengo la puerta del freezer para recordar cada vez que me olvido.

* para ti.

de cómo el instagram me arruinó la vida

en mi momento de mayor novelería con la red social donde todos somos bellos y tenemos vidas fascinantes me dediqué a agregar a cuanta celebrity se me cruzaba por el camino. porque lo maravilloso de instagram es que muchos actores, cantantes, modelos, diseñadores, directores de cine y bla bla bla tienen su propia cuenta; detrás de ellas no hay un community manager que elige qué poner y qué no.

así que dentro de las 293 personas a las que sigo tengo a ashton kutcher, mila kunis, bárbara lombardo (obvio que también sigo a personajes de la farándula argentina, si vamos a cholulear hagámoslo bien), kirsten dunst, dakota y elle fanning, stefano gabbana, ririhanna, mick jagger, james franco, carine roitfled, karolina kurkova, victoria beckham, nicole richie, cecilia roth, miroslava duma, karlie kloss, dree hemingway, natalia vodianova, rita ora, cara delevigne, liv tyler, celeste cid y unos cuantos más.

si yo con mi rutina de ida a trabajar en 121, oficina en mercedes y rondeau, almuerzo del emporio de los sandwiches, barra de cereales de media tarde comprada en el frigo, gimnasio de barrio con cuota de 550 pesos y cena de calabacín relleno con partido de fútbol de la b de argentina de fondo puedo lograr postear imágenes bellas… solo piensen lo que son las fotos de la modelo rusa de novia con el heredero del conglomerado de lujo LVMH natalia vodianova.

y tanta buena vida, tantos cuerpitos sin photoshop, tanto viaje por el mundo, tanta ropa de diseñador, tanta fiesta, tanto ego bien ganado te van comiendo el cerebro.

por eso me niego a seguir a giselle bundchen. es demasiado flagelo. y, a veces, tanta perfección te da ganas de pegarle una piña. ahí la vez con la familia adorable de vacaciones en playa paradisíaca y dejando mensaje del tipo: “wishing you all much love!”. ta, giselle, no seas peleadora, a mí no me vengas con que te levantás y tenés aliento sin olor. prefiero mirarle la vida a lena dunham con ojeras, cero maquillaje y con dos pastillas en la lengua. el mensaje de la foto: i’ll never teeelll. tengo una amiga que me dice que lo de lena es demasiado. la verdad es que prefiero creerle a su vida de antiheroína que-me-importa-que-el-mundo-entero-me-conozca-el-culo-con-celulitis que creerle a las otras bobetas que se le pasan haciendo trompita a la cámara y humillandonos a las gordas tercermundistas con sus abdominales que me gritan: “mientras vos estás haciendo la pascualina yo estoy acá trabajando el cuerpo”.

igual, para ser sincera, no hay nada más divertido que esa cosa morbosa y voyeur de mirar las vidas que nunca vas a tener. aunque pensándolo bien más divertido aún es irte un fin de semana a marindia y subir una foto con un filtro que lo hace parecer a la costa italiana. y gozar con cada uno de los likes que te ponen #enquemomentonosvolvimostanpateticos?

 

mis marcas

la veo. cada vez que me desvisto. cada vez que me baño. está ahí desde hace no sé cuánto. lo que sí sé es que no siempre estuvo.

hubo un tiempo en que mi panza era chata y no tenía pliegues. heredé de alguien, supongo que de mi madre, unos buenos abdominales. y aunque mi desempeño en los gimansios siempre fue bastante mediocre (hasta que cumplí 30, he ahí la razón de este blog) mi zona abdominal era —debo reconocer que lo sigue siendo— uno de esos pocos orgullos corporales.

mi panza sigue siendo bastante chata o eso es lo que me hacen creer. pero resulta que los rollos y sus marcas empezaron a aparecer sin que pudiera hacer mucho al respecto. tengo cinco marcas. sí, cinco. hay cuatro a las que les tengo cierto cariño. no me molestan. las banco. hasta me causan gracia. pero hay una que odio. uno que va más allá de esos pliegues que vienen con el sentarse mal, con los pliegues obvios que tiene que tener una barriga normal (normal para una mujer que no trabaja con su cuerpo y que, con mucha, suerte se ejercita tres horas semanales y sube y baja cinco pisos por escalera, creyendo que eso va a ayudar).

ese quinto pliegue —ese que miro, inspecciono y hasta mimo como suplicándole que desaparezca— es un signo del paso del tiempo. una advertencia clara que me dice: “nena, ¿qué te pensás? ¿que años y años de darle sin pudor al chocolate, los bizcochos, el pan con manteca van a seguir yendo directo a las piernas, a la cola y a las caderas? no, nena. ahora va todo para todos lados. a tu barriguita también. la genética es buena, pero no tanto”.

por suerte existe lena dunham y su serie “girls” (por favor que llegue la tercera temporada, YA!). que nos ha mejorado la autoestima a millones de mujeres. y sí, entiendo que le gusta provocar. y sí, entiendo que tanta neurosis no es apta para cualquiera diría una gran amiga. pero qué bien hace verla con esos shorcitos filmada de atrás con su celulitis, sus rollos, sus brazos impresentables. durante mi verano de altas dosis de “girls”, gin tonics y chocolate de emergencia, no podía parar de pensar: por una televisión con más lenas dunhams y menos silvinas lunas, jesicas cirios y todas esas tilingas con cuerpos de un millón de dólares.

(momento de confesión: tal vez, si tuviera un millón de dólares extras o un poco menos, yo también lo invertiría en mi cuerpo)