El dolor a los cinco*

Tenia las paletas separadas. Con una encía rosada y jugosa que se comía parte de mi sonrisa. Mi madre, no sé cómo, no sé por qué, decidió que eso no estaba bien. Que pese a que mis dientes eran de leche, las paletas, las reinas de mi dentadura, tenían que estar juntas, perfectas, dignas de una nena rubia y de ojos verdes como yo. Así que un día me subió al asiento de atrás de su Fiat 1 rojo y manejó hasta llegar a una calle que estaba al lado de una plaza. Bajamos y caminamos hasta un edificio con un palier marrón y con olor a comida. Nos subimos a un ascensor y terminamos en un piso igual de marrón y con el mismo olor a comida. Un señor abrió la puerta. Tenía lentes, poco pelo, una túnica blanca hasta las rodillas. Tengo la idea de que mi madre

me entregó. Sin mucho preámbulo, con pocas explicaciones. Y yo terminé sentada en un sillón que me quedaba grande, con un espejo que me miraba desde arriba y un montón de elementos largos y finitos —tan brillantes como la plata— sobre una mesa con rueditas. Esa tarde, en el centro de Montevideo, con las manos de un señor que jamás me habló y que lo más amable que hizo por mí fue tirarme un jugo áspero en la boca para anestesiarme la boca, entendí, por primera vez, lo que significaba el dolor. Y, esa tarde, despedí a mi frenillo —caprichoso, fuera de la media— y pasé a ser una nena del montón, una que no llamaba la atención.

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Con Berni en algún punto de los ’80

*Texto escrito en el marco del taller de Manuel Soriano.

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