la ida al gimnasio como evento social (o una buena razón para no volver jamás)

es cierto. siempre tendí a ser sedentaria, pero como tengo una madre que jamás lo fue, tengo la sensación de que toda la vida fui al gimnasio o al club (lo cual es muuuuucho peor y mi experiencia fue tan decadente que jamás lo volvía a intentar).

la cuestión es que el asuntito del gimnasio como lugar social me da mucha pereza, aunque entiendo que para muchos lo es. en mí caso que, cada vez que voy, me siento el ser más infeliz de la tierra y, por lo tanto, no hay chances de que tenga ganas de cambiar ni media palabra con nadie. ¿cómo alguien en su sano juicio puede contar algo de su vida cuando se está por desmayar, tiene la cara inflamada y roja como un tomate y, como si esto no fuera suficiente, es incapaz de seguir una coreografia con gracia? reconozco que hay mujeres afortunadas que lucen espléndidas en el gimnasio. no transpiran. no se les eriza el pelo (hasta he convivido con algunas que pueden hacer una clase de box sin que se les inmute el brushing), tienen las mejores pilchas y para colmo de males tienen gracia y todo en su lugar. y no, no son solo las que todavía hablan de parciales o peor aún de escritos. hay mujeres que fueron diagramadas para hacer ejercicio y claramente se burlan del resto de nosotras, las que nacimos para hacer un esfuerzo demencial para levantar nuestras piernas que pesan 20 quilos cada una.

por eso hablo poco, no genero vínculos afectivos con el profesor o profesora de turno (ni que hablar que no los agrego al facebook ni los sigo en twitter), trato de reírme lo menos posible y, por supuesto, ni se me ocurre pisar la fiestita de fin de año, ni ningún tipo de evento que implique festejar algo que se relacione al gimnasio o a sus habitués. antes me muero. lo más inadvertida que pase, mejor.

hay veces que resulta difícil, porque los grupos son chicos y es imposible pasar por un ser anónimo. ahi uno da su apellido, fecha de nacimiento, lugar de trabajo, horario laboral, estado civil, expectativas de vida, actividades en el tiempo libre y hasta puede llegar a compartir ideas políticas, religiosas y hasta filosóficas. un espanto.

pesa a que hace unos años que no voy a un gimnasio mixto, más me llama la atención la capacidad que tienen los hombres de hacer sociales entre los fierros. de ahí que en vez de ir una hora por día van dos o llegan a tres. la mitad del tiempo se la pasan conversando. miran los resúmenes de los goles en las pantallas que, obviamente, siempre están prendidas en espn, fox o aledaños. se dan para adelante: “dale, uno más, vos podés”. se miran ejercitar, a veces con fascinación, porque claramente ellos también se comparan. el hombre en el gimnasio es un bicho muy raro. o, tal vez, allí se vuelva más parecido a la mujer. o, tal vez, también sea ese su lugar de hacer sociales con una mujer. el otro día me contaron que la táctica de levante en el gimnasio mixto es preguntar: ¿y, ya tenés rutina? que nunca te pase.

en conclusión: a minutos de que llegue marzo, estoy evaluando nuevamente si tengo ganas de volver a ser invisible en un mundo en el cual todas comparten sus vidas, se saludan con un beso y se pasan recetas de cocina (light, obvio). o si mejor, sigo saliendo a correr con mi paso tétrico, pero con mi ipod que me dice solo lo que yo quiero escuchar y no espera que le conteste.

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paréntesis

hay dos personas en mi vida que constantemente me preguntan por qué todos los libros que leo, todas las películas que miro tienen una cuota destacable de drama. me cuestionan cuál es mi necesidad de dedicar tiempo de ocio a sufrir.

hace un tiempo descubrí que no es masoquismo, como me increpan. tiene más que ver con cierta necesidad de saber de que no todo es tan fácil, de que no todo es tan lindo y que no todos somos tan perfectos, cuerdos, normales, inteligentes, racionales. creo que hay algo de trabajar mucho en mi sensibilidad y entender que no todo gira alrededor mío. que mis problemas son nimios (por más de que sean míos y eso los vuelva gigantes, dramáticos y apocalípticos) y que hay personas a las que “la vida les cuesta un montón”, como una vez me escribió una de las amigas más antiguas que tengo. 

hay veces que ensimismados en nuestras pequeñas viditas somos incapaces de darnos cuenta de que hay gente, a veces muy cercana, otras no tanto, que la está luchando de verdad. y lo está haciendo por causas mucho más trascendentes, nobles y complejas que las nuestras. 

de tanto en tanto me llegan noticias que me golpean fuerte en la cara. noticias que me dan ganas de llorar aunque ni siquiera conozca a la persona de la historia. hoy me pasó eso. y me dí cuenta de que casi siempre está bueno ser sensible. por más de que todo te afecte, todo te toque, todo te emocione, todo te dé ganas de lagrimear, eso es lo que te hace diferente. 

por eso es que, cuando puedo, cuando estoy genial, cuando estoy fuerte, me gusta recurrir a historias ficticias (o no) que me hacen recordar que el mundo está lleno de vidas difíciles y que no, no todo el mundo tiene lo que se merece, que hay situaciones injustas y que hay realidades inmodificables.