el punto de inflexión entre el invierno y el verano

lo confieso. amo usar polleras, vestidos, bermudas. amo usarlos con medias, en invierno, cuando el frío me permite esconder mis piernas. siempre digo que heredé todos los males de mi familia y cuando mi madre me escucha, me pone cara de “qué desagradecida sos”. es verdad, soy desagradecida, pero heredé las morras de mi madre. que no sé de quién las heredó, pero puedo asegurar —hay fotos que lo comprueban— que a sus 31 años las llevaba con mucha más altura que yo.

la cuestión es que cuando empiezan a aparecer esos días de calor, esa brisita primaveral que tan bien les cae a muchos, esa sensación de que llegan las vacaciones, el verano, la playa, la arena, el marazul, contigo yo, conmigo tú (cantaba una desaparecida marta sánchez) a mí me viene el terror. ese terror que solo entienden las morrudas como yo y que tienen que decidir entre o morir de calor, mojar pantalones con sudor o asumir las piernas que tenemos y sacarlas a relucir. Y durante semanas, sabiendo que no las podemos esconder más, le damos a la anticelulítica, a la hidratante, al exfoliante, a todo tipo de producto que nos haga soñar que por fin, este verano, van a lucir mejor. y no hay con qué darle. no hay 6.5 km, no hay clase aeróbica con un loquito que grita “saaaaaaquen la porquería”, no hay dos, tres, cuatro litros de agua, no hay cenas solo líquidas, no hay nada. no existe consuelo.

y ahí aparecen las malditas polleras, las malditas bermudas (después de ver una horrenda foto del año pasado donde mi short exhibía un cráter en el lado derecho de mi pierna derecha decidí decirles adiós a los shorts), los malditos vestidos que cada vez vienen más cortos  y, también, por supuesto, las malditas sandalias que tampoco me hacen justicia, porque heredé unos pies de mi padre que más que pies parecen empanadas regordetas.

por suerte este verano ha sido bastante benevolente conmigo. sacando el calor cubano que nos destruyó el 24 de noche, no han habido grandes grandes grandes calores. a eso hay que sumarle que las benditas tendencias que nos llegan del norte impusieron las polleras largas y los palazzos que tan bien me sientan (o eso creo yo) y me hacen mucho más feliz. como mis amigas me conocen de memoria me regalaron una pollera divina para que pueda esconder las columnas dóricas que tengo por piernas.

 

ese maldito jean talle 26

una vez cada dos meses (a veces más, a veces menos, siempre depende del grado de ansiedad que tenga) tomo coraje y saco del último lugar de la pila un jean que me dejó de entrar hará dos o tres años.

no sé para qué lo intento. creo que en el fondo de mi ser soy un poquito optimista. y es ese optimismo que me hace creer que, tal vez, un día el jean me vuelva a entrar. la imagen es patética. y yo, que hace tiempo perdí la vergüenza, con el pantalón trancado en la cadera (sí, una vez más las caderas…) con un cacho de diez centímetros que hace imposible que el botón se una con el ojal, me traslado hasta el cuarto de al lado y le pregunto a él si en algún momento de mi vida me va a volver a entrar. él, por un instante, corre su vista de “the big bang theory”, “pura química”, el partido de turno entre chacarita y rafaela (o cualquier cuadro de la A, B o C argentina) o lo que sea que esté mirando y, con cara de “¿qué querés que te diga?”, me contesta “no sé, pi”.

y ahí vuelvo a sacarme el jean, el jean más lindo que voy a tener, el jean que me recuerda cada dos meses que en un momento de mi vida entré en un talle 26, el jean de maría vázquez que jamás voy a volver a encontrar aunque sea en mi actual talle 29. el jean, por supuesto, vuelve al último lugar de la pila.

es raro. ese vaquero me lo compré en buenos aires en 2005. estaba flaca. lo sabía, pero no lo valoraba. tengo la teoría, varias veces comprobada, que los momentos en los que estuve más flaca era porque estaba muy triste. y me da una bronca. ¿por qué no puedo ser feliz y ser flaca? me pasa lo mismo con la inspiración, con la creatividad y con el humor. si es que tengo alguno de esos dones, talentos, o llamémosle H, mis momentos de mayor lucidez tienen que ver con esos tiempos en los cuales me encuentro buscando una felicidad perdida.

hoy, en tiempos de ejercicio físico que promedian las cuatro horas semanales (a veces cinco, a veces seis, nunca menos) no logro entrar ese ese maldito talle 26. y no me vengan con que tengo los músculos más tonificados, con que la cola no sé qué, con que el músculo pesa más que la grasa. no me mientan más! a veces pienso cómo estaría si no hiciera nada. si siguiera con mi vida sedentaria de hace un año y medio. sería la misma tonina que soy ahora o dicen que, capaz en una de esas, estaba mejor.

si hubiera nacido en los ’50 el talle 29 que uso ahora, seguro que sería el talle 26 de aquella época.