Esto es solo una anécdota mejorada

Tengo trece años, aparatos fijos, lentes culo de botella, piernas que se parecen mucho a dos macetas, una serie de granos que despiertan mi parte masoquista y que se convierten en cráteres que ni con tres capas de base puedo esconder, una mezcla perfecta entre las dos narices —prominentes— de mis padres, los ojos demasiado juntos, la boca demasiado chica. Tengo trece años y con este panorama las posibilidades de que algún sujeto del sexo masculino repare en mí son escasas, para ser generosa. Pero no me interesa cualquier sujeto, me interesa uno solo.

El pibe se llama Martín y va conmigo al colegio; es un año más grande, tiene el pelo lacio y castaño, camina chueco, se ríe mucho y, por supuesto, no sabe que existo. Pero yo, en cada uno de los recreos, lo miro fijo, embelezada, y repito en silencio “miramemiramemiramemirame”. Pero nada. Él nada.

Martín tiene un hermano menor que se llama Federico y que sí me habla. Es amigo del hermano de mi amiga Paula y varias veces hemos coincidido en actividades de fin de semana. Así que decido que a través de él voy a lograr un acercamiento con Martín. Busco el apellido de los hermanos Reyes en la guía. Montevideo es chico y además ya sé dónde viven. Disco, suena, me atiende una señora y pido por Federico.

Durante un año mi manera de llegar a Martín es esta: con Federico hablamos del colegio, de las materias, de las maestras, de los deportes. Y, después, cuando creo que soy menos obvia le pregunto por su hermano. No me cuenta mucho, pero yo insisto. Y así me entero que Martín es fanático de Aerosmith.

*

En segundo de liceo tenemos una materia que se llama “Taller de expresión”. La materia incluye, entre otras cosas, hacer un diario trimestral. Con mis dos mejores amigas nos ponemos al frente de las sección musical y la idea principal es transcribir las letras de nuestras canciones. Es el año 1993. Internet se conecta por cable, no existe Google, Youtube todavía no fue inventado.

—Por favor “Crazy”, por favor. Me encanta esa canción. Tiene que estar. — les digo.

—Bueno, pero tenés que conseguir un disco que tenga la letra. Sacar palabra por palabra es un huevo.

Ok. Lo puedo hacer. Y además va a ser una de las pocas chances que voy a tener de que Martín sepa que existo, me mire, me hable y, si tengo mucha mucha suerte, me toque.

Lo llamo a Federico, le pido que le diga al hermano que lleve el disco Get a Grip. Que yo copio la canción y se lo devuelvo en seguida. Con Federico no compartimos recreos, así que la excusa es perfecta. Me dice que sí, que todo bien.

Llego al colegio al día siguiente. Creo que no dormí. Mis dos mejores amigas saben cómo estoy y me miran con cara de bodrio. No puedo más de la ansiedad. ¿En qué materia estoy? ¿Química? ¿Literatura? ¿Física? Suena el timbre para bajar al primer recreo. Lo veo en el patio, no tiene nada en la mano.

—Dale, nena. Andá a pedírselo.

—No me animo, boluda. Te juro que no puedo.Aerosmith-Get_A_Grip-CD

Se termina el recreo. Fallé en el primer intento. Volvemos al salón de clase. Ahora mis amigas me miran con cara de “sos una gila”. Otra vez materias en las que no me puede concentrar y el tiempo que no pasa. El timbre suena de nuevo. Cientos de uniformes azules y grises bajan corriendo la escalera. De nuevo él a lo lejos. Y yo petrificada mirándolo. Juro que no me puedo mover. Mi cerebro manda la orden pero el cuerpo no la recibe. Y de repente las veo a las dos. Mis mejores amigas, esas que hace un año saben que me muero con este pibe, que esta es mi oportunidad. Mis dos mejores amigas, cual mosquitas muertas, van, lo encaran, le dicen algo que no puedo escuchar, él les contesta. Hacen ciertos gestos y desaparecen los tres juntos. Vuelvo a clase sola, chupando bronca, con las medias bajas, arrastrando los zapatos. Me siento en el banco y las veo venir como si llegaran de hacer un trámite. Sin cara de culpa. Sin cara de nada.

—Tomá— me dice una y me da el Get a Grip.

Si hubo un momento en que entendí por primera vez que, a veces, no hay finales felices fue ese.

(Este texto lo escribí en el segundo semestre de 2014 para un taller de anécdotas que vino a dar Hernán Casciari a Montevideo. Yo, en ese entonces, era un fantasma. Esta debe de ser una de las pocas cosas coherentes que escribí en esos meses. Tal vez por eso le tengo tanto cariño).

Quince meses pasando vergüenza

Recuerdo esta frase:

—Tengo una amiga que hace seis meses que está yendo y no sabés cómo está —me dijo una de mis compañeras de trabajo.

Y yo, que ya hacía meses que buscaba gimnasio desesperadamente porque ya estaba podrida de correr, caminar, hacer aerobox, hacer aerolocal, hacer GAP, hacer ballet, hacer aparatos, hacer todo lo que se puede hacer para que el cuerpo sobreviva al paso del tiempo lo mejor posible, le contesté:

—Dale, vamos a probar ya.

Y así fuimos las dos a la clase de prueba. Intentando no darle mucha bola a todo este asunto de “es muy extremo”, “no van a poder”, “es de alto impacto”, “está de moda”, “no sé si es como para ustedes”, “el otro día se murió uno haciendo eso”.

Era sábado. Junio. Mediodía. Éramos pocos y todos —yo antes que cualquiera— con cierto aspecto de losers. Championes viejos, remera reventada. Y la primera clase de crossfit —esta rutina de ejercicios de la que me hubiese reído con fuerza si alguno de mis amigos me decía que hacía— fue un éxito. Las dos salimos, nos miramos y dijimos: “Ok. Vamos a anotarnos”. Y así lo hicimos.

Hoy ya llevo quince meses pasando vergüenza. Y hoy son mis amigos los que se me ríen en la cara cuando les digo que estoy haciendo esto. Yo soy la primera que me río cuando me miro de afuera en ese mar de gente que se toma este tema del crossfit demasiado en serio. Como no me puedo tomar en serio ni a mi misma, menos en serio me tomo a esta cuestión de ponerle nombre a los movimientos en inglés, a cierto tipo de pesas en inglés, a gritar de dolor cuando el ejercicio es demasiado, a comprar ropa especial para el asunto, a asimilar como normal que a los hombres le digan “máquina”.equipo de perdedores

Todo es tan ridículo que no puedo creer cómo hace más de un año que lo soporto. Pero lo hago. Y hay días que lo hago feliz. Porque lo único que quiero es pensar en repeticiones, en minutos, en más rápido, en dale, ya, ahora, vos podés. Porque, obvio, lo que no quiero es pensar. Y este asuntito del crossfit, en eso, es buenísimo. Así que hubo un momento en que dejé de ir las dos míseras veces por semana para ir tres. También hubo un día en que dejé de levantar la barra amateur de diez quilos para levantar la de quince y ponerle algunas pesas más. Hubo una vez que dejé de mentir en las repeticiones y terminé una ronda entera. Pero el día que me sentí ridícula, pero ridícula en serio fue cuando el profesor se aprendió mi nombre. Porque cuando se saben tu nombre es que ya vas lo suficiente como para que se acuerden de vos. Y yo que me creía que con llegar con la capucha y los auriculares; con negarme a interactuar y a hacer ese saludo ridículo previo al WOD (work of the day, en inglés, por supuesto); poner cara de perro; quejarme de la ridiculez de ciertas exigencias; y burlarme de los que van a las fiestitas para sociabilizar en Lotus alcanzaba para ser invisible, me di cuenta de que no. Estoy adentro. Soy una más. Soy una de esas boludas (o boludos, claro) que la gente mira cuando pasa por la calle y chusmea ese gimnasio todo vidriado que se parece más a una vidriera de Shopping que a un lugar para hacer ejercicio. Soy la que va con el pelo planchado y la musculosa escotada demás; el que se compró el último modelo de zapatillas, cuanto más flúor mejor; la que se queda tomando un café después de clase para no irse tan rápido a casa; el que aprovecha para leer el diario porque llegó media hora antes; el que compra las barritas de cereales a 30 pesos; la que tiene guantes para no reventarse las manos y las muñecas; el que lleva su propia cuerda, más finita y más liviana para poder saltar mejor; la que pregunta qué vas a hacer el fin de semana el viernes entre los hits de Rombai que te ponen para ambientar, como si eso fuera la previa al boliche; la que se anota chocha a los crossfit games un domingo de mañana; el que se hizo un tatuaje nuevo y lo quiere mostrar porque, vamos, no hace tanto calor como para que te saques la remera, pibe.

Y sí, los que venimos haciendo el ridículo desde hace tantos meses, tenemos un poco de cada uno de esos seres que van felices al gimnasio. Aunque yo siga yendo con la remera de los Rolling de la gira de fines de los ’90, aunque no quiera que me digan mi nombre, aunque me niegue a comprarme un par de championes nuevos, cuando me preguntan qué deporte hago, me pongo colorada, me río sola y contesto que voy a crossfit, pero solo porque durante 45 minutos, tres veces por semana, me hace no pensar.

A veces la vida es esto

Me fui doce días de vacaciones a argentina. Esto es: desayuno con medialunas, jugo de naranja, café con leche, tostadas, manteca, mermelada, jamón, queso. A veces doble, él.casi no desayuna. Las vacaciones también son para probar los plátos típicos. En Salta y Jujuy esto es: empanadas, empanadas, carne de llama, locro, papas, mucha papa, quinoa, empanadas, queso de cabra, empanadas, dulce de cayote. En mis vacaciones

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desayuno, almuerzo, ceno, me como todos loa panes de la panera y todo el aderezo, pido postre y me tomo algún que otro alcohol (por suerte el vino no es mi fuerte). Todo sin culpa porque para sentirme culpable ya tengo todo el año. Además como este fue un viaje onda aventura, en la altura, co3n mucha subida de montaña, menos culpa y más goce en las comidas.
Claro, después pasas (acá es cuando empiezo a verme en tercera persona) un toque por Buenos Aires, te cruzás a las porteñas, mirás a Agustina Cherri o a Araceli González en las series nuevas de Polka y te acordás. Vas a las tiendas con vendedoras que destilan onda y horas de personal y te acordás. Te vas a probar unas botas de pendeja, al lado tenés una pendeja de verdad que le pide a su padre que la espere, que no se puede decidir, que con ese lomo yo tampoco me decidiría. Y de nuevo te acordás.
Volvés a Montevideo. Te acordás que no cenás. Que tenés que mover todo lo que se te mueve. Te acordás que no querés, que te da pereza, que ahora hace frío, que está ideal para comer guiso y el cuerpo se tapa.
Igual te mandás la sopa de noche, comprás las mandarinas, la berenjena, el zapallo. Y al tercer día como la peor alumna de la clase te acordás del huevo de pascua que sobró, agarrás el pote de dulce de leche que es de él y tenés prohibído tocar y mezclás todo como si tuvieras diez. Al final corrés desesperada a lavarte los dientes. Capaz que así se te pasa porque si hay algo que no conocés es la sensación de empalague. Nunca nada es demasiado dulce. Nunca un dulce es demasiado.  Te lavás los dientes con fuerza, capaz que así, también escupís la culpa.

feliz día, ladies

es sábado. 8 de marzo, dicen desde hace más de un siglo que, hoy, es el día de la mujer. son las 15.10. entro a un local de una de esas cadenas de depilación. me recibe débora bello en un afiche. escultural y con un cavado perfecto. ni un poro a la vista. adentro, además del olor fuerte y dulce de la cera que funciona mejor que cualquier desodorante de ambiente, hay dos mujeres que esperan. ambas leen revistas. una de ellas tiene sobre su falda un fajo de seis. voracidad editorial o la espera viene siendo muy larga. hace frío, el aire acondicionado es viejo, todo es de un blanco medio dudoso. de fondo bonnie tyler canta “i need a hero”. la locutora de fm lee un mensaje. la mujer que escribe pide que el día de la mujer sea feriado. sigue la música. siguen las cantantes mujeres. saco un libro, me siento fuera de tono y hasta ridícula. voy al revistero, tampoco me voy a hacer la cosa. todas las revistas están sin la tapa. no se necesita mucho para darse cuenta de que son caras, gente, pronto, paparazzi y, con mucha suerte, alguna hola. como no tengo referencia de tiempo ni de contenido, agarro la más gorda. paso páginas y páginas de publicidad y me encuentro con el casamiento de araceli. se ve que no actualizan mucho el material de lectura. ¿hace cuánto que se casó araceli?

de una de las cabinas de depilación sale una chica: pelo corto, jeans, converse, cartera de michael kors, cara de pocos amigos. le dicen cuánto es. paga, recibe su vuelto y se va. en el otro lugar al que voy siempre las chicas salen felices, saludan con un beso a la depiladora, le dicen gracias fulanita y le dejan propina. propina que puede llegar a ser de más de cincuenta pesos (¿está mal no querer dejar propina?). me preocupo. capaz la cadena de depilación no fue una buena elección. sigo esperando. sale otra. trenza, jeans, crocs. me resulta fascinante las mujeres que pueden ir a la depiladora de jeans. yo voy con lo peor que tengo, con el pelo sucio y con el ánimo alterado porque sé que voy a sufrir. así que siempre pido por favor que no me encuentre con nadie conocido. las mujeres que van de jeans no tienen ese problema. las mujeres que van de jeans no vienen de almorzar en lo de sus padres 500 gramos de bife angosto bien jugoso.

las mujeres que leían las revistas entran, cada una, a un cubículo. una de ellas saluda a la depiladora en cuestión con efusividad. tal vez la experiencia no sea tan mala. dos más tocan el timbre. hay una que se va a hacer los pies y las manos. un sábado. pies y manos. andá a dormir la siesta, es lo único que puedo pensar.

—la próxima para depilarse

—yo

—¿qué te vas a hacer? 

feliz día, ladies. 

los veranos en la era pre smartphones

(quiero creer que hay vida más allá de los videos que andan dando vueltas por grupos de whatsapp)

alguna vez tuve decisiete. veinte. veintidos. 

alguna vez me fui de vacaciones con mis amigas en enero. 

alguna vez creí que nos hacíamos las locas. 

alguna vez —en los primeros años del 2000— ser locas era: volvernos nueve en un auto desde el boliche a la casa que alquilábamos; ir a la playa sin dormir y cuando el alcohol seguía en el cuerpo; darle tu teléfono (de línea) a un chico que recién habías conocido; ponerle un balde a una amiga para que no vomitara en el piso y así no tener que limpiar después; comer baurú con coca cola común a las ocho de la mañana; jugar al yo nunca sabiendo que no teníamos nada para ocultar. 

ahora, diez años después, me doy cuenta de que faltaba un largo trecho para que llegaran las locas de verdad.

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para las mujeres que nacimos a principios de los 80, fuimos adolescentes en los 90 y la pasamos bomba cuando empezó el siglo nuevo, irse de vacaciones (en ese tiempo el balneario más de moda era la paloma) era hacer todo lo que no hacíamos en montevideo. tener diez días de independencia. alquilar una casa para cuatro, cinco o seis por el gallito luis. juntarnos a llamar y preguntar cuánto cobraban por día. tomarnos el 522 para ir a pagar la seña a sayago. ver las fotos del lugar en papel. tomarse el bondi en tres curces. caminar desde la terminal con el huevito para escuchar música y los bolsos llenos de papel higiénico, latas y artículos de limpieza. creernos grandes. comer arroz con atún y tomate casi todos los días. limpiar el baño como el evento poco agradable de la estadía. esconder dos mil pesos en la caja de tampones. aprender a usar tampones. ir al antel de la calle principal y llamar a casa desde un teléfono público. aplaudir al atardecer. usar los primeros lentes de sol. tomar vodka con pomelo. escuchar el “hasta luego” de los rodríguez, morir con “no era cierto” de no te va gustar y tener el momento romántico con shakira de pelo negro y diez quilos más en ¿dónde están los ladrones? sacar fotos con cámaras de rollo. saltearse la playa de la mañana sin culpa. pelearse para ver quién subía a la casa a preparar el mate y traía las galletitas. fumar cigarrillos nevada. mirarse en el reflejo del vidrio porque el espejo entero no existía. juntarse con los amigos borrachos para salir todos juntos. que siempre hubiera uno pasado de alcohol que se tuviera que quedar. tomarnos un bondi con una cerveza de litro. correr para llegar antes de la 1.30 al curte y así entrar gratis y tener un trago de arriba. pasarse toda la noche hablando con el pibe que te gustaba. quedar de encontrarte al día siguiente. pedir por favor que vaya al día siguiente. y suplicar para que te llamara al volver a montevideo. no querer volver a montevideo. salvo por esa llamada y por las fotos que había que llevar a revelar. escuchar a silvio rodríguez en el walkman en el viaje de vuelta. mirar las estrellas y pensar qué bajón.    

en esos años, cuando no habíamos llegado a los veinte o recién los habíamos pasado, sabíamos que darte el primer beso a los decisiete, dieciocho, diecinieve  —para muchas— era tarde, pero nos sentíamos orgullosas. y vale la aclaración: tengo amigas muy lindas. yo bajo el promedio.

a veces me pregunto cómo hubiéramos sido si hubiéramos nacido quince años más tarde. cómo hubieran sido nuestros veranos con smartphones, selfies, facebook, levante por tinder y todo demasiado resuelto. quiero creer que hubiéramos sido iguales, pero con más chiches. quiero creer que nos seguiríamos sintiendo orgullosas de cómo éramos y las decisiones que tomábamos. pero más allá de eso, quiero creer que no hay mujer (¿sos mujer a los dieciocho?) en su sano jucio que se sienta orgullosa de que una buena cantidad de hombres de un espectro bastante importante de edad tengan su video en el celular.  

diciembre

a mí, siempre, me pasa todo en diciembre. 

cumplo años. 

me acuerdo de que estoy vieja. de todo lo que hice. de todo lo que no hice. de las veces que lloré. de los años en que estuve feliz. de cómo me imaginaba que iba a ser. de lo que soñaba y de lo que después me di cuenta de que no debía soñar más. de las planificaciones para irnos el 2 de enero a rocha. de los bolsos con latas de atún, arroz, mayonesa y papel higiénico. de los bikinis para estrenar. de las ganas de no volver nunca más. de la llegada a la adultez. el trabajo y el fin de las vacaciones en enero. de que ahora hay que pedir licencia. se delira con un salario vacacional sin descuentos y se vuelve rápidamente a la realidad. de que el sol me hace mal. de que tengo que usar bloqueador cada vez que salgo de casa. de que todo bien con la serotonina, pero capaz podría venir en comprimidos.

mi cuerpo no se adapta al calor. estoy verde o gris (ya no sé qué es peor). fofa. gorda. con la piel seca. hormonal. adulta. impresentable. ya no puedo usar más shorts. entones me desquito comprándole a una amiga diminuta un short de regalo de cumpleaños. quiero ser diminuta y usar shorts con tacos. no puedo. me contento con una bermuda casi que de anciana. 

mi cabeza no razona igual. me duele. pide que se termine el año. no entiende que el capricho del calendario a mí no me significa nada. que el 31 se va a terminar el 2013 y el 1º va a empezar el 2014 y yo voy a estar sentada en el mismo lugar, frente a la misma computadora que anda pésimo, bajándome del mismo 121 en la misma esquina de colonia y paraguay y comiendo en la misma mesa donde alguien estuvo antes y dejó migas, un vaso con un resto de fanta naranja y un limón ya sin jugo. 

a todo el mundo se le ocurre festejar. salir. brindar. decirte lo que te quiere. lo valioso que sos. lo bueno que es tenerte cerca. despedir el año contigo. estar pum para arriba. y de paso comer y tomar como si el mundo se acabar el 31 de diciembre y como si de verdad no se necesitara llegar a fin de mes. porque, claro, en diciembre llega el aguinaldo. entonces hay plata para seguir. 

y yo no quiero que sea diciembre. porque diciembre me hace mal. a pesar del calor. del olor a jazmines. de la llegada de mi hermano, de volver a ser cinco en la casa de mis padres, de olvidar por unos días de que el tiempo pasó. de los regalos de cumpleaños. de los “te quiero mucho”. de las compras en amazon y de la felicidad de que llegue el paquete de maimi box. de los fuegos artificiales en las noches de calor. del primer contacto de los pies con el agua. de las tardes hasta las 8.30 de la noche. de los encuentros inesperados. del turrón de jijona, del arrollado de palmitos y del melón con jamón. de las ganas de juntarnos todos los días. de los besos y abrazos que no nos damos en el resto del año. 

diciembre es un mes difícil. me lo hizo notar una amiga a la que conozco hace mucho, quiero tanto y veo poco. un día me dijo: “vos y diciembre”. y ahí entendí. a mí, siempre, todo me pasó en diciembre. por eso el miedo. el mal humor. el dolor de cabeza. las ganas de que pase, de que termine, de que se vaya, cuanto antes y que duela lo menos posible. por lo menos este año, por favor, este año no. 

a veces, cuando veo que el mundo se alegra con la llegada del último mes del año, yo preferiría que a mí me pasara inadvertido, como me pasan mayo, agosto o noviembre. pero no. él me torea. no sea cosa de que me olvide que existe. 

a menos de 20 días de cumplir 32 o cómo la heladera habla de la edad

no se cómo hubiese sido mi heladera si hubiera sido una joven precoz. estos es: irme de la casa de mis padres a los veintires, veinticuatro, veinticinco. creo que no fui precoz en nada, mucho menos en mi independencia.

imagino de esas heladeras que son un páramo. una coca (durante años tomé coca común, después me uní a las masas y seguí con la light, ahora no tomo ni bebidas con gas), alguna leche descremada por vencer, pan de molde, mermelada, huevos salvadores, queso para rallar, el típico limón reseco y poco más. imagino la tapa de la heladera llena de imanes de deliveries: pizza, empanadas, pizza, empanadas, el almacén de la esquina, alguna rotisería a la que nunca recurría, uno de esos bares 24 horas que te traen algún wiskacho para sacarte de un apuro.

veo la heladera que hoy comparton con el chico que vive conmigo y no lo puedo creer. me da hasta orgullo. habla un poco de él, pero la verdad es que habla mucho más de mí.

me fui de casa tarde, muy tarde. a los 29. no sabía cocinar, no sabía limpiar, no sabía cuánto salía un litro de leche, la diferencia de precios entre la tienda inglesa y la feria, no sabía de jamones, ni de quesos, ni de semillas, ni de harinas integrales, ni de cif, mr. músculo o ayudín.

hoy sigo sin saber demasiado, pero alguna cosa aprendí, alguna cosa cambió.

1. adentro de la heladera hay mostaza de dijón, jengibre, dos quilos de naranjas, zucchini, zanahorias, un melón entero, duraznos, huevos que voy a usar dentro de cinco minutos junto con el jamón y los tomates perita. hay queso parmesano y cuartirolo crudo. hay dulce de guayaba, mermelada, manteca y pan multiceral. un ron a medio terminar y un gin en el cti. sí, también a veces hay refrescos, de esos que no tienen gas porque a él le hacen mal y creo que maduró (o se sentía demasiado mal después de tomarse un litro de refreso con gas) entonces fue por la mejor opción. dejé de comprar fruta, verdura y quesos en el supermercado y me pasé a la feria. cada vez que vuelvo con la bolsa de los mandados repleta, no sé por qué, me siento mejor persona. no sé si es porque sé lo que ahorro, porque dejé de usar bolsas de plástico o porque me empecé a parecer cada vez más a mi madre y, tal vez, no esté tan mal.

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2. afuera, en la puerta del freezer, hay un buen resumen de mi vida de los últimos años. hace un tiempo leí una nota genial en la revista peruana “etiqueta negra” sobre cómo las puertas de las heladeras son bloc de notas, agenda, diario íntimo. está mi vida, un poco la de él y otro poco la de mis amigas y amigos. ahí están cada uno de mis sobrinos representados en recuerdos de babyshowers, cumpleaños de un año y bautismos. ellas procrearon, yo engordé. están los imanes que me demuestran que alguna vez viajé. que estuve en nueva york el 9.11.11. que conocí el moma y el met. que estuve en stratford upon avon hace menos de seis meses. los que me dicen que él también viajó. un listado de teléfonos de emergencia, que son los de mi grupo de amigas del seminario, que me dio una de ellas cuando estaba triste y débil. una serie de palabras en francés que elegí cuando nos mudamos e inauguramos la heladera. a veces las leo, me doy cuenta de que ahora sé cómo hay que limpiar el horno (y el sufrimiento que significa), sé hacer pasculina, sé que antes de lavar la ropa hay que mirar el pronóstico del tiempo. y también sé que sigo queriendo lo mismo. esas palabras puestas al azar pero que dicen lo que quiero y necesito. siempre: emoción, reencontrarse, entender, luz, ideas, generosidad, viajar, ficción, música, cine, revista, bruselas, francia, atenas, nueva york, marrakesh, san petesburgo, río, américa latina, 24 horas.

el otro día terminé de leer el libro de emanuel carrere “de vidas ajenas”. tuve que fotocopiar las últimas cuatro páginas para no olvidarme de lo que el tipo escribe. una de esas cosas es que la felicidad es retrospectiva.

por suerte tengo la puerta del freezer para recordar cada vez que me olvido.

* para ti.

de cómo el instagram me arruinó la vida

en mi momento de mayor novelería con la red social donde todos somos bellos y tenemos vidas fascinantes me dediqué a agregar a cuanta celebrity se me cruzaba por el camino. porque lo maravilloso de instagram es que muchos actores, cantantes, modelos, diseñadores, directores de cine y bla bla bla tienen su propia cuenta; detrás de ellas no hay un community manager que elige qué poner y qué no.

así que dentro de las 293 personas a las que sigo tengo a ashton kutcher, mila kunis, bárbara lombardo (obvio que también sigo a personajes de la farándula argentina, si vamos a cholulear hagámoslo bien), kirsten dunst, dakota y elle fanning, stefano gabbana, ririhanna, mick jagger, james franco, carine roitfled, karolina kurkova, victoria beckham, nicole richie, cecilia roth, miroslava duma, karlie kloss, dree hemingway, natalia vodianova, rita ora, cara delevigne, liv tyler, celeste cid y unos cuantos más.

si yo con mi rutina de ida a trabajar en 121, oficina en mercedes y rondeau, almuerzo del emporio de los sandwiches, barra de cereales de media tarde comprada en el frigo, gimnasio de barrio con cuota de 550 pesos y cena de calabacín relleno con partido de fútbol de la b de argentina de fondo puedo lograr postear imágenes bellas… solo piensen lo que son las fotos de la modelo rusa de novia con el heredero del conglomerado de lujo LVMH natalia vodianova.

y tanta buena vida, tantos cuerpitos sin photoshop, tanto viaje por el mundo, tanta ropa de diseñador, tanta fiesta, tanto ego bien ganado te van comiendo el cerebro.

por eso me niego a seguir a giselle bundchen. es demasiado flagelo. y, a veces, tanta perfección te da ganas de pegarle una piña. ahí la vez con la familia adorable de vacaciones en playa paradisíaca y dejando mensaje del tipo: “wishing you all much love!”. ta, giselle, no seas peleadora, a mí no me vengas con que te levantás y tenés aliento sin olor. prefiero mirarle la vida a lena dunham con ojeras, cero maquillaje y con dos pastillas en la lengua. el mensaje de la foto: i’ll never teeelll. tengo una amiga que me dice que lo de lena es demasiado. la verdad es que prefiero creerle a su vida de antiheroína que-me-importa-que-el-mundo-entero-me-conozca-el-culo-con-celulitis que creerle a las otras bobetas que se le pasan haciendo trompita a la cámara y humillandonos a las gordas tercermundistas con sus abdominales que me gritan: “mientras vos estás haciendo la pascualina yo estoy acá trabajando el cuerpo”.

igual, para ser sincera, no hay nada más divertido que esa cosa morbosa y voyeur de mirar las vidas que nunca vas a tener. aunque pensándolo bien más divertido aún es irte un fin de semana a marindia y subir una foto con un filtro que lo hace parecer a la costa italiana. y gozar con cada uno de los likes que te ponen #enquemomentonosvolvimostanpateticos?

 

no me vengan

dos aclaraciones previas:

* ya sé que en el mundo las mujeres juegan al fútbol, que hay campeonatos, que el fútbol femenino es un deporte olímpico y bla bla bla.

* me divierte jugar al fútbol.

dicho esto prosigo.

resulta que en montevideo ahora las mujeres juegan al fútbol.

llaman a reservar canchas de fútbol cinco, tienen un torneo que se llama montevideo girls cup, se compran championes especiales, se mandan a hacer remeras, entrenan en la rambla, tienen grupos de whatsapp dedicados a eso, fanpages en facebook y, por supuesto, novios que son los DT (porque, claro, la DT nunca va a ser una mujer).

de repente salís a caminar/correr/tomarmate/comerpapaschips por la rambla y te encontrás casi casi la misma cantidad de hombres que de mujeres corriendo atrás de una pelota. no sé si es el efecto tabárez y el orgullo celeste o qué, pero ahora las mujeres, además de hablar de fútbol, mirar fútbol, juegan fútbol. y por momentos me pregunto: ¿no será un poquito mucho? en la oficina tenemos tres que tienen su cuadro de fútbol y ahora resulta que, en vez de hablar de retención de líquidios, períodos atrasados, 25% menos de banco itaú, cepillo de dientes en la casa del novio, me hago o no la tinta, hablamos de cómo tirar al arco, cómo pararse frente a la pelota o cómo marcar al rival.

no sé qué nos pasó…. chicas: los pibes juegan dos tiempos de 45 minutos. ustedes juegan dos de 20.

por supuesto que detrás de todo este agote que me generan las nenas jugadoras de fútbol viene algún tipo de trauma mal curado de la infiancia. jamás fui deportista. jugué un mes y medio al hockey con un palo de los ’70 y prestado. siempre odié ir a gimnasia. en el manchado me comía todos los pelotazos en la cara. nunca me elegían en el pan y queso a la hora de formar equipos. cuando era adolescente me mandaban al club banco república a hacer natación y casi que me ahogaba del sufrimiento que me generaba tener que nadar una pileta. jugando al hanball me esguincé el dedo gordo no sé cuántas veces y esto segura de que tengo un desgarro en la pierna mal curado. en el único deporte que recuerdo (no sé si es real o me lo inventé) haber sido medianamente buena fue en el atletismo. y me duró poco. después las piernas se me ensancharon y perdí velocidad.

me aburren las deportistas. en el fondo debe de ser porque me dan envidia. porque nunca fui una de ellas. y porque ahora, aunque vaya a jugar al fútbol cada vez que me inviten, sigo siendo el mismo perro con la pelota. lo intento, juro que lo hago, pero no puedo. las veo a ellas correr más de diez centímetros con la pelota atada a los pies y no lo puedo creer. yo, con mucha suerte, soy capaz de meterle una patada bien bruta a la que se me viene arriba.

mis marcas

la veo. cada vez que me desvisto. cada vez que me baño. está ahí desde hace no sé cuánto. lo que sí sé es que no siempre estuvo.

hubo un tiempo en que mi panza era chata y no tenía pliegues. heredé de alguien, supongo que de mi madre, unos buenos abdominales. y aunque mi desempeño en los gimansios siempre fue bastante mediocre (hasta que cumplí 30, he ahí la razón de este blog) mi zona abdominal era —debo reconocer que lo sigue siendo— uno de esos pocos orgullos corporales.

mi panza sigue siendo bastante chata o eso es lo que me hacen creer. pero resulta que los rollos y sus marcas empezaron a aparecer sin que pudiera hacer mucho al respecto. tengo cinco marcas. sí, cinco. hay cuatro a las que les tengo cierto cariño. no me molestan. las banco. hasta me causan gracia. pero hay una que odio. uno que va más allá de esos pliegues que vienen con el sentarse mal, con los pliegues obvios que tiene que tener una barriga normal (normal para una mujer que no trabaja con su cuerpo y que, con mucha, suerte se ejercita tres horas semanales y sube y baja cinco pisos por escalera, creyendo que eso va a ayudar).

ese quinto pliegue —ese que miro, inspecciono y hasta mimo como suplicándole que desaparezca— es un signo del paso del tiempo. una advertencia clara que me dice: “nena, ¿qué te pensás? ¿que años y años de darle sin pudor al chocolate, los bizcochos, el pan con manteca van a seguir yendo directo a las piernas, a la cola y a las caderas? no, nena. ahora va todo para todos lados. a tu barriguita también. la genética es buena, pero no tanto”.

por suerte existe lena dunham y su serie “girls” (por favor que llegue la tercera temporada, YA!). que nos ha mejorado la autoestima a millones de mujeres. y sí, entiendo que le gusta provocar. y sí, entiendo que tanta neurosis no es apta para cualquiera diría una gran amiga. pero qué bien hace verla con esos shorcitos filmada de atrás con su celulitis, sus rollos, sus brazos impresentables. durante mi verano de altas dosis de “girls”, gin tonics y chocolate de emergencia, no podía parar de pensar: por una televisión con más lenas dunhams y menos silvinas lunas, jesicas cirios y todas esas tilingas con cuerpos de un millón de dólares.

(momento de confesión: tal vez, si tuviera un millón de dólares extras o un poco menos, yo también lo invertiría en mi cuerpo)